miércoles, diciembre 31, 2014

La leyenda de los Valientes


   Era una leyenda. Un tipo duro del que hasta su aliento generaba encanto. Su aspecto, con más de ciento noventa centímetros, enorme espalda y una mirada negra y expresiva hasta hacerte sangrar los oídos, bastaban para despertar admiración. Pero eran sus labores las que le hacían respetado.Todos las conocían. Y por eso le apreciaban.
   Leonard trabajaba para Frankie Yale. Pasó por todos los puestos: cobrador de apuestas, guardaespaldas o chofer. Daba igual. Todos los trabajos los hacía de forma impecable, ganándose la fama de tipo pulcro y profesional. Su popularidad se incrementó cuando se casó con Lisa Marone, la preciosa hija del propietario de una cadena de lavanderías. Lisa arrastraba los escombros de un matrimonio anterior y con un tipo como Leonard había reencontrado la ilusión. Unas horas después de conocerse estaban en la cama. Tras una semana vivían juntos. Entre risas y con una copa en la mano ella lo explicaba sin problemas:
   Una mujer necesita sentirse viva. Mi matrimonio fue un desastre. Mi esposo era capaz de hacerme el amor sin deshacer la cama. Aquello fue tan aburrido que me habría conformado con que mi marido manchara la tapa del wáter al orinar. Con Leonard todo es diferente –decía sin perderle de vista y media sonrisa-. Con un tipo así a veces tengo que tener cuidado de que su fama no me deje embarazada.
También Leonard estaba rendido a ella. Una chica atractiva, alegre, con el color de su sonrisa a juego con el del hielo de tus whiskys es lo que tiene. Por eso, a todos nos sorprendió que una semana después de que dos tipos vaciaron sus Thompson en su coche, llenando a Lisa de plomo y agujereando el brazo de Leonard, él fuera capaz de volver al trabajo con más energía que nunca.
   Tras perder a Lisa, los siguientes tres años aceptaba cualquier encargo, sin medir los riesgos. Los chicos notaron el cambio: nada le espantaba, despreciaba la prudencia y con el tiempo empezaron a temer su valentía. No lo reconocían en público pero se había vuelto casi temerario. Evaluaba una situación y siempre optaba por la opción más directa que solía aparejar mayor riesgo. Empezó a realizar los encargos sólo, con predilección por los arriesgados. Al volver, la reacción de los chicos siempre era la misma: sorpresa y admiración, echando más troncos al fuego de su leyenda. Es increíble, me dijo un miembro de la banda, como a un tipo como él, por muchos tiros que hayan, nunca se le magulla la reputación.
   Poco a poco su fama hizo que fueran dejándole de lado y él se volvió esquivo y arisco. Frankie Yale, sabedor de la situación le asignaba los trabajos más complicados. Si había que cobrar alguna deuda en un local en el que era previsible encontrar hostilidad, mandaba a Leonard; si podían haber tiros, mandaba a Leonard. Y cuando hubo que tratar un asunto con un poli, con el riesgo que lleva siempre enfrentarse a un tipo con pistola y placa, Leonard fue el hombre.
   A Peter McKenzie, un joven poli irlandés, le gustaba apostar en las carreras y arrastraba una deuda con Frankie Yale. Éste encargó a Leonard que gestionara el asunto. Y él optó por la vía directa. Abrió la puerta del Kavanagh´s, pasó entre cerca de una veintena de policías, agarró la cabeza de Peter y la estampó dos veces contra la barra. Luego le acercó su cara la suficiente para mancharse de sangre y decirle:
   - Tienes una semana.
   Sea por el asombro de su atrevimiento, por el alcohol que los polis acumulaban o ambas cosas, lo cierto es que Leonard salió tranquilamente del local, sin más muesca que las astillas de la nariz de Peter, cuando lo lógico es que alguna de las más de veinte pistolas que habían allí le hubiera descerrajado un tiro.
   Cansado, huraño, volvió luego al Korova, a su rincón de la barra, a esperar el siguiente encargo, enjuagando con whisky sus historias y el recuerdo de Lisa. Una noche que estaba a mi lado, tras pedirme unas cerillas, no pude evitar preguntarle.
- ¿Leonard como lo haces? ¿De donde sacas tantas agallas? -le dije, sin pensar que me descubriría el origen de su valor.
   Sacudió el brazo apagando la cerilla mientras el humo del cigarrillo salía de sus labios y trabajosamente me miró.
- ¿Agallas? –preguntó con fatigada sonrisa-. ¿Sabes Pike?, me hace gracia tu pregunta. Porque lo cierto es que hace ya tres años que trato de reunir el valor suficiente para quitarme yo sólo la vida.



- La gracia de ser valiente es no serlo demasiado.
Capt. Thomas Archer (Richard Widmark) · El gran combate

4 Comentarios:

At 31 diciembre, 2014 17:15, Blogger Borja F. Caamaño dijo...

Tras varias intermitencias y un parón de alrededor de un año, en las lides blogueras, he visto muchas deserciones o simplemente excedencias narrativas.

En fin, que me alegra comprobar que el Korova sigue abierto (incluso el último día del año) sus asiduos y el recuerdo de aquellos que lo poblaron.

Gran historia, como siempre, con mejor final.

Abrazotes desde el Otro Lado.

 
At 04 enero, 2015 12:33, Blogger Pike Bishop dijo...

Borja tu fidelidad me produce lo mismo que la noche en que Lara Forrester me contagió una venérea: Un Tremendo Orgullo.

 
At 08 enero, 2015 22:06, Blogger RENACER ESO QUIERO dijo...

Ni entendi el texto

 
At 05 mayo, 2015 15:45, Blogger Laura Noestá dijo...

A veces me faltan las mismas agallas...

Pike al leerte discrepo de Borja en el sentimiento, a mí lo que me produce comprobar que el Korova sigue abierto y tú lo sigues rondando, es excitación pura y dura!!!

Besos

 

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