martes, enero 19, 2010

Johny Stompanato


A Johny Stompanato lo encontraron en su casa de Beverly Hills, tirado en el suelo con el pijama teñido de sangre. Lana Turner y él habían tenido una de sus encendidas discusiones que, antes de que Johny utilizara la dialéctica de sus puños, se encargó de zanjar la hija de Lana con una cuchillada en el corazón que le seccionó la vida cortándole una arteria. Aquella misma noche Dave Manilow, tras la barra del Korova secando unas copas, me daba la noticia: Jhony Stompanato ha muerto esta mañana. Ante mi mirada inquisitiva, continuó sin dejar el trapo: un problema cardiaco.

Lo cierto es que Johny nunca fue de mi agrado. Era un tipo duro de pelo engominado y mirada plagada de faltas de ortografía, con innato gusto por los trajes de colores llamativos que bien podría haberle granjeado deudas con la ley. Aunque nunca tuve problemas con él, me despertó una antipatía instintiva desde la época en que se convirtió en habitual del Korova. Llegaba con su jefe, Mickey Cohen, ocupaban una de las mesas y pasaban la noche rodeados de chicas de moral lesionada. Aquella antipatía se transformó en odio justificado el día que se presentó en el Korova con Lana Turner. La actriz era una mujer voluptuosa de agresivas curvas y contundente belleza. Y la recuerdo aquella noche entrando al local con Johny, porque el botón en precario equilibrio de su blusa daba para escribir un libro de tres mil páginas. Llevaban varios meses liados y al pasar por Chicago no pudo resistir la tentación de visitarnos junto a una de las mujeres más deseadas del país. Johny, muy ufano, lucía su trofeo.

Mickey Cohen nunca creyó esa versión y sospechaba que había sido Lana quien había acuchillado a Johny cuando estaba dormido. Se resistía a creer que una niña hubiera asesinado a un tipo criado en un barrio en el que a cualquiera con menos de cinco detenciones se le consideraba sospechoso de ser policía. Es como si un tipo hubiera ido la guerra y lo único que hubiera resultado herido fuera su acento. Y luego, en casa, hubiera muerto de un corte de digestión. Mickey no aceptaba que hubiese muerto de forma doméstica, le molestaba que uno de los suyos muriera en casa, armado solamente con un pijama. Algún tiempo después, pasó por el Korova y seguía reprochándole a Johny sus debilidades. Acodado en la barra, a mi lado, recordaba: Pike, se lo dije mil veces. Le advertí que algo así le pasaría. Le dije, muchacho, ten cuidado con ese juego que te llevas o una mañana cuando salgas a la calle te ajustarás la bufanda al cuello y solo encajarás el sombrero en el suelo unos metros más allá. Junto a tu cabeza.


- ¿Es posible que no te hayas casado por eso? Quizás no crees en el matrimonio.
- Sí creo, por eso no me he casado.

Audrey Hepburn (Sabrina) & Humphrey Bogart (Linus Larrabee) · Sabrina

jueves, noviembre 19, 2009

El menú de las doce cuerdas


Durante el tiempo que Dave Manilow ha regentado el Korova nunca vi cambio en la decoración que no fuera el ocasional contorno de un tipo pintado en el suelo con tiza. Y sabía que ese par de guantes de boxeo colgados hoy en la pared significaban algo especial. Dave tenía abierto el periódico encima de la barra y me señaló la página que estaba leyendo: “Ha muerto Barney Ross: la última pelea del campeón”.

Recordaba perfectamente a Barney. Aunque el tipo había nacido en Nueva York había crecido en Chicago y la suya era una historia habitual de la época: sin padre, madre internada en psiquiátrico y hermanos desperdigados por los orfanatos de medio estado. Se había criado en una de esas familias que comen hambre tres veces al día y buscó hacer carrera en alguna de las bandas de la época como cobrador de apuestas. Y habría tenido futuro en el negocio de no ser por el propietario de un gimnasio que lo convenció para entrenarse. Barney afrontó el boxeo sin pasión, como una obligación con la que conseguir dinero. Y se empleó a fondo. Hizo más de trescientas peleas. En sus primeros meses se convirtió en un boxeador temible. En nueve años Barney había logrado tres títulos mundiales.

El final de su carrera llegó en un combate épico con Henry Armstrong un tipo de Mississippi, que acabaría siendo considerado uno de los mejores de la historia. Durante quince asaltos Barney, un boxeador bravo y tenaz, capaz de golpearte con sus agallas, intentó capear el torrente de golpes que le arrojó Armstrong. Con el devenir de los asaltos Barney supo que era imposible vencer a aquel tipo, pero había decidido que sería su último combate y estaba decidido a acabarlo de pie. Y aguantó. Dios santo, recuerdo aquella pelea. Armstrong le atizó tanto que acabó con moratones en los guantes. Poco tiempo después, en la barra del Korova, Barney repasaba aquella noche. Sabes Pike, creo que Armstrong ha sido el mejor boxeador que vi. Tenía un estilo limpio, directo, dios santo, era un boxeador tan elegante que algunas veces tenía la sensación que me golpeaba de usted. Barney evocaba todavía con una mezcla de admiración y afecto al boxeador que lo retiró. En el asalto trece me preguntó como estaba y cuando le dije que estaba casi muerto me dijo “puedes seguir tirándome la izquierda, ¡pero como saques la derecha te mato!", repetía orgulloso de haberle hecho frente a aquel campeón.

Después de aquel combate Barney dejó el boxeo. Abrió un restaurante y otros negocios en los que solo ganó lo suficiente para contratar un abogado que lo declarara en quiebra. Tras fracasar su matrimonio se alistó en el ejército como voluntario para la segunda guerra mundial. Regresó de allí con un condecoración, una estrella de plata que utilizaba para calzar la mesa de su casa y una adicción a la morfina debido al tratamiento que recibió por una herida. Durante meses vagó por Los Ángeles, buscando ayuda y droga, como antes había hecho en el ring por un futuro. Consiguió desengancharse y rehacer su vida hasta que un cáncer lo había dejado definitivamente fuera de combate.

“Ha muerto Barney Ross, la última pelea del campeón”. Dave, un tipo parco en palabras que entiende por obra cumbre de la literatura la etiqueta de una botella de whisky estaba afectado. Cuando le pregunté que pensaba fue muy claro al respecto: seguro que esa última pelea estaba amañada.



- ¿Por qué está peleando, Sr Braddock?
- Por la leche.

Jim Braddock (Russell Crowe) · Cinderella Man

martes, septiembre 22, 2009

Cuando sólo queda el orgullo

Me fijé en él desde la primera vez que entró al Korova. Huck solo era entonces un tipo joven, desaliñado, arrastrando todavía los escombros de cierto atractivo y el aspecto de haber tropezado de bruces con la noche. Todos le conocíamos. Hacía años su fama de conquistador había circulado por los clubs. Era callado y discreto, cualidades siempre valoradas en los bares y en los cementerios, por lo que pronto encontró asilo en un rincón de la barra. Solía engañar allí las horas, discretamente. Cuando ya se convirtió en un habitual, su presencia allí pasó inadvertida durante muchos días, hasta que alguien se fijó en que el aspecto de Huck se resentía y su salud daba la impresión de deshacerse dentro de un vaso de amargura.

Una noche se sentó a mi lado y tras estrellarle un par de frases se abrió a mi: Pike, mi mujer me dejó. No, no es lo que piensas, yo no la quería, pero te contaré algo. Antes me enamoré de otra muchacha. Era preciosa. Estuvimos juntos algunos meses que duraron horas y cuando aquello terminó solo me quedaron varias ausencias y una costura de cinco centímetros en el corazón. Me destrozó, pero lo superé. Aprendí a no dejar que nadie me hiciera daño, amigo mío, a blindarme. Luego conocí a Amber. No era ni guapa, ni atractiva, pero me casé con ella. Buscaba una pareja, una compañera. Quería seguridad. A cambio me presté a vivir con una mujer complicada y a aceptar sus manías, como el orden o la limpieza, que conseguían volverme loco. Acepté incluso que nuestra casa estuviera siempre tan limpia que para sacar la basura tenía que pedírsela prestada al vecino. Pike, tu eres hombre de mundo, sabes a lo que me refiero, era la clase de mujer que se pone las gafas para hacerte el amor. Y cinco años después de casarnos me dejó. Creeme Pike, que te deje una mujer así, de la que solo esperas lealtad, es muy duro.

Aquella noche los chicos y yo conocimos la historia de Huck y fuimos testigos de cómo su vida se iba apagando con cada copa. Huck nunca superó aquello. No entendía que su vida pudiera ser tan vacía como para que le dejara una mujer de la que ni siquiera se había llegado a enamorar. Y las cosas no mejoraron. Tenía un problema con el alcohol, todos lo sabíamos, y con los años se acrecentó. Llegó un punto en que su deterioro era tan evidente que nos ofrecimos a acompañarlo al médico. Cuando le preguntamos a éste que debíamos hacer fue muy claro. “A estas alturas, dado el estado de su hígado, confórmense con que no prenda al acercarse al fuego”.

Huck continúa sentado en su rincón de la barra buscando su final. Ya no queda nada de su atractivo. Su aspecto es cada día peor y da la sensación de que cuando muera, si intentara donar sus órganos, solamente se los aceptarían en una licorería. Y cuando le miro recuerdo la frase del viejo profesor Gus Revert cuando me acompañaba algunas noches en el Korova. Pike, amigo, en un buen bar cada cliente es un perdedor y cada copa el orgullo de demostrarlo. Y Huck está decidido a hacerlo.


-El orgullo es algo que se tiene cuando hay algo para perder. Cuando no tenés para perder nada, ¿qué orgullo vas a tener?
Javier (Diego Peretti) · No sos vos, soy yo

martes, julio 07, 2009

Algunas cosas extrañas, por ejemplo el respeto




A veces es difícil recordar que en el sórdido ambiente de la noche, entre el humo de los bares y las caderas de una mujer, algunos sentimientos no son de garrafón. El respeto es uno ellos, un sentimiento curioso que crece a veces donde y en quien menos lo esperas. Sólo así se entiende que tuviera cabida en el Korova un tipo como Clint Howard.

No dejaba de ser paradójico que en un club con esa reputación respetaran a un tipo que trabajaba como inspector de homicidios para la policía de Chicago. Tanto como que allí hubiera un poli sin el contorno de un tipo pintado con tiza en el suelo. Pero Clint llevaba veinte años navegando por la noche del Korova, bebiendo tranquilamente su whisky con soda, sin que nunca le salpicara una gota ni un billete de cien dólares. Quizás porque era de los pocos policías de la ciudad que aceptaba que su sueldo era el justo para llevar una holgada vida de escasez.

Dave Manilow, el ladino dueño del korova, le respetaba. Aunque al principio receló de aquel cliente, un poli solitario y tranquilo, con el tiempo valoró el hecho de que nunca intentara pagar su copa enseñando la placa o que tuviera la cabeza enterrada en la barra justo cuando los tipos sentados a su lado podrían ser detenidos solo por su forma de leer el periódico. Hasta las chicas del club, indolentes por lo general, dejaban que sonrieran sus ojos cuando le servían.

A mi, en cambio, me gustó siempre su tranquilidad, su sensación de aceptar el mundo tal y como viene. Me quedó grabada aquella ocasión en que tras una trifulca en los servicios del Korova apareció un tipo con seis tiros, la cabeza destrozada y el aspecto de haber discutido con un tren de mercancías. Dave se acercó y le preguntó a Clint, ¿qué piensas amigo? ¿Por qué crees que habrá sido? El dio una calada infinita a su cigarrillo, sopesando las palabras. Tras una pausa contestó: “a riesgo de precipitarme, por el momento creo que podemos descartar la hipótesis del suicidio”.

De su vida privada poco había poco que conociéramos. Arrastraba los escombros de un matrimonio y el aspecto de estar siempre a punto de conocer su próximo divorcio. Una de los pocas veces que conseguí sacarle alguna palabra me confesó: “Pike, muchacho, he pasado toda la vida empalmando noches, conjugando mi vida con matones, crímenes y mujeres con las que bastaba cruzar un par de palabras para coger una infección. Lo único que podría reprochar a mi ex mujer es que no me contagiara nada nuevo”.

Me gustaban los tipos como Clint y aún me gusta más poder encontrarlo algunas noches en el Korova, que siempre fue un bar donde cada cliente es un perdedor y cada copa el orgullo de demostrarlo. Pero donde a los tipos como Clint Howard siempre se les respetó.


- Duermo tranquilo porque mi peor enemigo vela por mí.
Rubio (Clint Eastwood) · El bueno, el feo y el malo

martes, mayo 19, 2009

Chicas con decoro

“Hay dos cosas que toda chica con decoro debe saber: distinguir a los buenos tipos y, sobre todo, enamorarse de los que no lo son”. Thelma Tood repetía aquella frase cada vez que combinaba sus vodkas con la ausencia de su segundo marido Pat DiCicco. Fuera de las pantallas ya no era aquella mujer que cada día estrenaba palabras en su boca y estaba alejada de la cándida imagen de sus películas. Desde joven aprendió a buscarse la vida y ya no quedaba nada de la ingenua niña que ganó el concurso de Miss Massachusetts. “¿Sabes Pike?, salir de casa te hace madurar rápido. Llegué a Hollywood con diecinueve años y a las pocas semanas ya tenía veintitantos. Con el tiempo que he pasado allí, creo que podría rellenar un par de biografías con suficientes mentiras”.

Me hizo aquella confesión una noche en el Korova, cuando lo único que flotaba en su vodka era el desaliento por la enésima desaparición de su marido. Con treinta años Thelma había cometido ya dos matrimonios. Del primero conservaba un collar de recuerdos y del segundo tan solo quedaban las brasas con las que poder encender el tercero. Pero una mujer como ella lo encajaba con naturalidad: “cariño, yo siempre me enamoré de oído”.
Thelma no era una chica normal: aspecto provocador, gustos caros y lenguaje desatado, hacían que fuera el tipo de mujer detestable para esposas, suegras y contables. Se podía permitir casi lo que quisiera, excepto no tener caprichos. Su carrera en el mundo del cine había sido rápida, pero había ganado el dinero suficiente con el que contratar a cualquier tipo para que llevara la cuenta de sus desengaños.

Pero no era feliz. No podía comprender que el único hombre que no le prestaba atención fuese su propio marido. Pat DiCicco, un buscavidas a sueldo de Lucky Luciano, el mayor capo mafioso de Nueva York, se encargaba de los contactos de éste con el mundo del cine. Y, aunque ahora Thelma lo olvidaba, no mucho tiempo antes había sido el encargado de conseguirle el papel protagonista en películas y en las noches de gran presupuesto. Había quien incluso rumoreaba que fue Luciano quien la emparejó con Pat para poder estar más cerca de ella. Thelma nunca negó quien había promocionado su carrera. La noche que le pregunté al respecto me esquivó dos o tres verdades y finalmente, tras insistir, me dijo: “durante mucho tiempo mi única preocupación fue ganar el suficiente dinero que me permitiera arruinarme. No me preocuparé ahora por no haberlo sabido perder”.


Harta de los desplantes de su marido decidió alejarse de aquel ambiente. Montó una cafetería asociada con uno de esos tipos de sórdida reputación que a ella tanto le gustaban. Me contaron que se negó a seguir los consejos de Luciano para que convirtiera el local en un casino clandestino. Craso error con un tipo acostumbrado a cobrar dividendos de sus sugerencias. Thelma se distanció de la que había sido su gente y no era difícil encontrarla allí, resbalándole el vodka y hablando más de la cuenta de su próximo ex marido o chismorreos sobre Lucky Luciano. Hubo quien le advirtió que llevara cuidado con esos comentarios. Que no olvidara quien la había ayudado.

Pero hay mujeres que nunca llegan a conocer a ciertos tipos. Maldita sea. Hay mujeres, como Thelma, que ni siquiera cuando se le están llenando los pulmones de monóxido de carbono en un garaje cerrado, son conscientes de que algunos tipos siempre cobran los favores al contado. Aunque sean chicas con decoro.


– Las chicas inventadas son las mejores, pero yo ahora necesito una de las peores.
Ben Rumson (Lee Marvin) · La leyenda de la ciudad sin nombre

miércoles, marzo 11, 2009

Turno de oficio

Hace más de veinte años que los recibo en mi bufete frente al parque Grant. Durante este tiempo he atendido a cualquier tipo al que le hayan sobrado algunos problemas y muchos dólares. Aprendí a trabajar en los asuntos más sórdidos sin involucrarme, como el que come sin mancharse la lengua. Los casos me fueron dando amigos y reputación, pero he de reconocer que la fama me llegó en 1931, la mañana que Chicago se despertó con el procesamiento de Al Capone y Frank Nitti por evasión de impuestos. Capone nunca se tomó aquello en serio, decía que era como si a sus chicos, después de vaciar el cargador en el cuerpo de algún tipo, les quisieran juzgar por contaminación acústica. Pero Frank Nitti era mucho más prudente y quiso cubrirse las espaldas. La primera vez que vino a mi despacho me dijo: muchacho, quiero que seas mi abogado. Trabaja duro para mí y podrás labrarte un pasado muy digno. De tu futuro lo único que tiene que preocuparte es como conjugarlo con tu pasado.
Un año después Frank Nitti estaba en la calle y Capone con una condena de once años. Pero aunque Frank me puso bajo su protección, nunca quise dejar de lado a esos tipos que viven en la cornisa de la ley y que durante mucho tiempo fueron mi labor. Diablos, me gustaban esos turbios casos que siempre me sorprendían, como el de aquella mujer Talia Potter. Tuve que ir a la cárcel a visitarla por indicación de Nitti, que la había conocido tiempo atrás en un burdel de la calle Dearborn Sur. Le había disparado un tiro a un tipo, solo uno. Mientras dormía, poniendo el cañón de la pistola en la frente y después de haberle dormido con barbitúricos. En el registro de su casa la policía había encontrado un billete de avión a Canadá. La muchacha apenas tenía veinte años y el aspecto de una niña. Me dijo que quería alegar legítima defensa. Lo ves difícil, cariño, me preguntó. Al ver su aspecto tan delicado y frágil intenté explicarle la situación endulzándola en lo posible pero la chica estaba vacunada contra engaños. Me dijo encanto, hace más de cinco años que cada mañana al despertar noto resbalar por el interior de mis muslos la humedad viscosa de los piropos de la noche anterior. No te andes con remilgos. Tus palabras no pueden contagiarme nada que no haya cogido ya.

Y, entre todos, siempre recordaré el caso de Jim Colosimo. Desde el principio me sentí cercano a aquel tipo acusado de mantener una red de extorsionadores en todo Chicago. La mañana que vino a mi despacho a exponerme su caso me ganó para su causa, era cautivador. Me contó la historia de su vida. Muchacho, mi infancia fue muy complicada. A duras penas mi padre conseguía ganar lo suficiente para repartir el hambre entre todos. Dios santo, éramos tan pobres que en la ocasión que unos ladrones se colaron en casa, se marcharon diez minutos más tarde dejándonos un billete de cincuenta dólares encima de la mesa.
Mientras aquel tipo me contaba su historia yo le observaba: elegante, educado, agradable. Dudaba que un tipo así tuviera enemigos. Maldita sea, incluso me parecía molesto que nadie quisiera encarcelarle. Me equivoqué. Unas semanas más tarde lo encontraron muerto en su casa. Pero Jim Colosimo fue un tipo con estilo hasta en su muerte. Cuando me interesé por el suceso un amigo policía me explicó, un cadáver con un aspecto estupendo, como recién estrenado. Parecía como si aquel tipo se hubiera puesto su mejor traje para dormir. ¿Sabes?, su aspecto era tan imponente que parecía que los nueve tiros se los había pegado su sastre.

– Si no sirven la honradez ni el trabajo ni la justicia, pondremos un abogado.
Román Maldonado (Ricardo Darín) · Luna de Avellaneda

martes, febrero 03, 2009

Par coeur


Al suele presentarse en casa sin avisar, se sienta a mi lado y me susurra al oído que enterremos el cadáver aún tibio de un suceso reciente, para luego exhumar los restos de recuerdos lejanos. No hay espacio suficiente, me dice. Al no lo nota, pero a veces reparo en que algunos de esos recuerdos están raídos de tanto usarlos. Otros son frágiles y borrosos, y nos divierte reinventarlos con cada visita; desde hace algún tiempo sé incluso que los recuerdos más débiles son sólo deseos y no experiencias vividas. Nunca se lo he dicho a Al.

Ayer volvimos a Chicago. Korova, 28 de agosto del 59, 30 aniversario de Peter Cost. Aquella noche el jazz sonaba a cancán y Dave Mannilow, el dueño del club, sofocaba el fuego de los cigarrillos por miedo a que el aliento de los clientes provocara un incendio. A última hora el barman sólo servía whiskey sin alcohol y las mujeres amaban en pasado de subjuntivo. A la mañana siguiente yo había cumplido cuatro años más y tuve que bañar los cereales en náuseas.
Cost sabía como celebrar una fiesta. Más allá de su voluptuosa generosidad de comunista, era un manual de ética que supo cabalgar la vida a horcajadas, seguro de que la vida concedía oportunidades y saldos de última hora. El tiempo es carcoma, Jake, y nunca he visto un vendedor de bolsas de tiempo perdido. Guardaba en su bolsillo, siempre a mano, lo que no se debe hacer, y aquello le convirtió en el blanco preferido de los traficantes de la virtud; esa clase de tipos que necesitaban una pena para caminar y que para causar una primera impresión necesitaban tres divorcios; hombres que salían de los clubs con tres copas de menos y cuyo diálogo no era más que un rumor. Cada vez que hablaban de Cost lo hacían como si estuvieran masticando un avispero.

Aquella noche me la sé de memoria. Como la tabla del siete y las capitales de estado. Como el olor de Rose al despertar y el sabor amargo de su adiós. Cicatrices en el cerebro y estigmas en las tripas. Fue Remy Prounier, antiguo camarero del Trianon Ballroom, quien me contó que los franceses tenían la forma perfecta para hablar de este tipo de recuerdos. Allí decimos ‘par coeur’, porque los recuerdos, muchacho, suelen arrancar desde las pasiones. Las opiniones de Prounier eran volátiles como las promesas de un niño, y nunca me fié de las impresiones de aquel remigaldo francés. En general nunca me fié de los tipos a los que llamar por su nombre me provocara una fractura de glotis, pero aquella vez quizá tuviera razón, ¿no crees Al?


– La memoria puede cambiar la forma de una habitación y cambiar el color de un coche. Los recuerdos desvirtúan, son una interpretación, no un registro, y no importan si tienes los hechos.
Leonard (Guy Pearce) · Memento