miércoles, marzo 25, 2015

Réquiem para teclado y carro


A José Luis Alvite.

— ... lo dijo con aquella voz áspera y neblinosa, nasal debido al esfuerzo por recuperar el aliento al final de cada coma. El whisky, precipitado gota a gota durante años, había horadado en su garganta una caja de resonancia ideal para las crónicas de sucesos. — El cáncer, muchacho, — me dijo — es el compañero más fiel que he tenido en años y tengo el vicio de la lealtad. — Así fue como me explicó que no iba a dejar el tabaco. — La enfermedad, agazapada durante años, no había esperado en el rellano y, silenciosa al principio, pero tenaz como una abnegada madre después, había convertido sus pulmones en un fuelle cicatrizado y en permanente huelga que sólo se activaba a golpe de tos. — Además, me he trabajado una exquisita reputación esquivando consejos sensatos, sería cínico por mi parte cambiar de hábitos. — No había rastro de indolencia o desidia en su justificación, sólo el aplomo y la certeza de un tipo al final de la escapada.
Habían pasado tres días desde la muerte del columnista Lewis Alvin, y su amigo, el doctor David Gist, se acodaba en la barra del Korova mientras hablaba con Charlie Irons.
— Recuerdo sus dedos — continuó Gist —. Amarillos, casi desteñidos y cuarteados como un pergamino. Recuerdo un verano en que los cigarrillos le habían dejado en el dedo corazón una marca lívida, como una vitola blanca en un bronceado habano. Recuerdo que incluso una vez le vi airear su habitación con un pitillo... Recuerdo el humo con el que anudaba sus metáforas. El cáncer había carcomido sus entrañas pero no va a difuminar el carboncillo de esos recuerdos.

Gist levantó un dedo para pedir una copa para él y otra para Irons.

— Yo sabía que no estaba dispuesto a ser el tipo que espera la decisión del jurado (aún cuando la incertidumbre del veredicto se atenuaba con cada zarpazo de dolor) mientras cuenta los rombos de su jersey — ahora era el periodista Charlie Irons quien hablaba —. Seguía apareciendo por la redacción con un horario tan inestable como las promesas de un político. La única constante era su absoluta aleatoriedad y el respeto que infundía en los más jóvenes. John Talbot, jefe de internacional, aseguraba que había algunas máquinas de escribir que todavía tartamudeaban en su presencia, intimidadas por aquella metástasis de símiles y aforismos.
— Aquel falso y estudiado desaliño en su forma de vestir, aquella caótica agenda laboral, contrastaba con la solemnidad y rotundidad de sus escritos. Con cada palabra, el folio iba transformándose en mármol y las teclas en el cincel que lo esculpían. Una noche salí tarde del periódico y lo encontré en su mesa, asomándose al precipicio de la montura de sus gafas para ajustar el papel al rodillo de su Underwood nº3. Con una camisa de cuadros tan anacrónica como aquella maravillosa máquina. Esa misma noche me confesó. — ¿Sabes muchacho? Yo quise ser músico de jazz, incluso aprendí a tocar el piano, pero abandoné cuando me di cuenta de que ni siquiera sus teclas negras dejan manchas de tinta. — Supongo que es lo que todos bautizarían como un periodista de raza. Supongo que él mismo podría considerarse como tal si no detestara la expresión.
Las manos de Irons tamborileaban sobre una barra despejada, huérfana ante la demora del camarero.
— Su ex-esposa me pidió que escribiera un discurso para su funeral. Fue como pedirme que asesinara a un revólver. El panegírico digno de Lewis tendría que ser autobiográfico y leído por la camarera de un club. Cualquier otra cosa sonaría afectada. Dios, en lo único que podía pensar era en coronas fúnebres con dedicatorias del condado de Bourbon y el estado de Tennessee. Tus amigos Chesterfield y Lucky no te olvidan. En letras negras. Sobre un círculo rojo.

Dave Mannilow, el dueño del Korova, se dio cuenta de que llevaba tres vasos de Jim Bean etiqueta negra para solo dos clientes. La maldita costumbre. Una costumbre que llevaba tres noches de riguroso luto.



— La muerte de cualquier hombre me hace sentir más pequeño, porque tengo un compromiso con la humanidad. Por eso, nunca trates de averiguar por quién doblan las campanas, están doblando por ti.
Robert Jordan (Gary Cooper) · Por quién doblan las campanas.

miércoles, diciembre 31, 2014

La leyenda de los Valientes


   Era una leyenda. Un tipo duro del que hasta su aliento generaba encanto. Su aspecto, con más de ciento noventa centímetros, enorme espalda y una mirada negra y expresiva hasta hacerte sangrar los oídos, bastaban para despertar admiración. Pero eran sus labores las que le hacían respetado.Todos las conocían. Y por eso le apreciaban.
   Leonard trabajaba para Frankie Yale. Pasó por todos los puestos: cobrador de apuestas, guardaespaldas o chofer. Daba igual. Todos los trabajos los hacía de forma impecable, ganándose la fama de tipo pulcro y profesional. Su popularidad se incrementó cuando se casó con Lisa Marone, la preciosa hija del propietario de una cadena de lavanderías. Lisa arrastraba los escombros de un matrimonio anterior y con un tipo como Leonard había reencontrado la ilusión. Unas horas después de conocerse estaban en la cama. Tras una semana vivían juntos. Entre risas y con una copa en la mano ella lo explicaba sin problemas:
   Una mujer necesita sentirse viva. Mi matrimonio fue un desastre. Mi esposo era capaz de hacerme el amor sin deshacer la cama. Aquello fue tan aburrido que me habría conformado con que mi marido manchara la tapa del wáter al orinar. Con Leonard todo es diferente –decía sin perderle de vista y media sonrisa-. Con un tipo así a veces tengo que tener cuidado de que su fama no me deje embarazada.
También Leonard estaba rendido a ella. Una chica atractiva, alegre, con el color de su sonrisa a juego con el del hielo de tus whiskys es lo que tiene. Por eso, a todos nos sorprendió que una semana después de que dos tipos vaciaron sus Thompson en su coche, llenando a Lisa de plomo y agujereando el brazo de Leonard, él fuera capaz de volver al trabajo con más energía que nunca.
   Tras perder a Lisa, los siguientes tres años aceptaba cualquier encargo, sin medir los riesgos. Los chicos notaron el cambio: nada le espantaba, despreciaba la prudencia y con el tiempo empezaron a temer su valentía. No lo reconocían en público pero se había vuelto casi temerario. Evaluaba una situación y siempre optaba por la opción más directa que solía aparejar mayor riesgo. Empezó a realizar los encargos sólo, con predilección por los arriesgados. Al volver, la reacción de los chicos siempre era la misma: sorpresa y admiración, echando más troncos al fuego de su leyenda. Es increíble, me dijo un miembro de la banda, como a un tipo como él, por muchos tiros que hayan, nunca se le magulla la reputación.
   Poco a poco su fama hizo que fueran dejándole de lado y él se volvió esquivo y arisco. Frankie Yale, sabedor de la situación le asignaba los trabajos más complicados. Si había que cobrar alguna deuda en un local en el que era previsible encontrar hostilidad, mandaba a Leonard; si podían haber tiros, mandaba a Leonard. Y cuando hubo que tratar un asunto con un poli, con el riesgo que lleva siempre enfrentarse a un tipo con pistola y placa, Leonard fue el hombre.
   A Peter McKenzie, un joven poli irlandés, le gustaba apostar en las carreras y arrastraba una deuda con Frankie Yale. Éste encargó a Leonard que gestionara el asunto. Y él optó por la vía directa. Abrió la puerta del Kavanagh´s, pasó entre cerca de una veintena de policías, agarró la cabeza de Peter y la estampó dos veces contra la barra. Luego le acercó su cara la suficiente para mancharse de sangre y decirle:
   - Tienes una semana.
   Sea por el asombro de su atrevimiento, por el alcohol que los polis acumulaban o ambas cosas, lo cierto es que Leonard salió tranquilamente del local, sin más muesca que las astillas de la nariz de Peter, cuando lo lógico es que alguna de las más de veinte pistolas que habían allí le hubiera descerrajado un tiro.
   Cansado, huraño, volvió luego al Korova, a su rincón de la barra, a esperar el siguiente encargo, enjuagando con whisky sus historias y el recuerdo de Lisa. Una noche que estaba a mi lado, tras pedirme unas cerillas, no pude evitar preguntarle.
- ¿Leonard como lo haces? ¿De donde sacas tantas agallas? -le dije, sin pensar que me descubriría el origen de su valor.
   Sacudió el brazo apagando la cerilla mientras el humo del cigarrillo salía de sus labios y trabajosamente me miró.
- ¿Agallas? –preguntó con fatigada sonrisa-. ¿Sabes Pike?, me hace gracia tu pregunta. Porque lo cierto es que hace ya tres años que trato de reunir el valor suficiente para quitarme yo sólo la vida.



- La gracia de ser valiente es no serlo demasiado.
Capt. Thomas Archer (Richard Widmark) · El gran combate

jueves, agosto 07, 2014

Al otro lado de la barra

Las noches al otro lado de la barra son para profesionales. Para tipos acostumbrados a atender a clientes arruinados y limpiar la barra de escombros de pasiones con las formas diligentes y asépticas de un cirujano. Según presumía Dave Manilow, el ladino dueño del Korova, “son casi modernos hombres del renacimiento, expertos en leyes, psicología, economía, relaciones de pareja…”. Lo que la visión romántica de Dave no citaba es que invariablemente estos tipos eran calamidades en sus vidas. Capaces la misma noche de servir mil copas sin desperdiciar una gota, mientras derramaban su matrimonio sobre la barra.
Hay camareros sentenciados para la profesión, como Ray Jennings. Un tipo intachable en su cometido y una ruina para todo lo demás. Trabajó en el Korova quince meses de forma ejemplar, ganándose el aprecio de todos. Discreto y atento en su labor, al acabar su turno Ray olvidaba el camino de regreso a casa. Partidas clandestinas, whisky o cualquier escote, lograban que su mujer e hijos olvidaran su cara durante días. Hasta que una noche en una partida, hirió con una navaja a un tipo y mató su matrimonio: le cayeron cuatro años de prisión.
Nada más salir de la cárcel Ray volvió al Korova. Dave nunca tuvo problema para contratar a tipos cuyos antecedentes hicieran juego con las arrugas de su camisa. Al poco, una noche cerrando, charlé con Ray sobre su vuelta al club. Divorciado y sosegado, era un tipo nuevo.
- Cuando salí de la cárcel regresé a Chicago con la sensación de arrastrar varias maletas llenas de vacíos. Todo parecía cambiado, la ciudad me parecía ajena…, ¡como si hasta el maldito lago Michigan lo acabaran de estrenar! Pero muchacho, al entrar en el club uno reconoce su casa. Verás Pike yo nunca tuve un hogar. Éramos siete hermanos y mis padres tenían varios trabajos para servirnos un poco de hambre tres veces al día. Con quince años me fui de casa y con diecinueve entre en un matrimonio que apestaba a burocracia. En mis siete años casado creo que no dejó de llover ni un solo día. Me aficioné al juego, al alcohol…. Pero, ¿sabes Pike?, he cambiado. Ahora estoy bien –apuntaba tranquilo mientras limpiaba la barra.

Pero esa etapa duró para Ray hasta la noche en que miss Florida del 67 actuó en el club reconvertida en cantante: ciento ochenta centímetros de eslora y una sonrisa a prueba de una división de artillería. La clase de mujer que te hechiza y detestan tu madre, tu hermana y tu contable, y que por más que lo intentes acaba deslizando tu mirada hacia su escote.
Él sabía de carrerilla el protocolo para conquistar a una mujer así: restaurantes caros, joyas y ropa. Al poco de empezar con ella Ray comenzó a pedir prestado: primero a Dave un anticipo de su sueldo y luego a cualquiera de los usureros que pululaban por la ciudad. Y de nuevo Ray estaba metido hasta el cuello en deudas con tipos de Chicago, a los que la sonrisa les huele a diez años y un día.
Sabedor del problema en que nadaba, en su última noche liquidó con Dave, recogió sus pocas pertenencias y se marchó hacia la estación de autobuses. Mi última imagen suya es su contorno en la salida del Korova, con una pequeña maleta en la mano y dos dedos en la frente a modo de saludo militar, a la caza de su siguiente fracaso.

Fue el viejo profesor Gus Revert, que había conocido incontables camareros quien mejor comprendió la situación. Pike, muchacho, es siempre la misma historia. Estos tipos vienen, atienden la barra,  hacen su trabajo y nunca falta un maldito dólar al cuadrar la caja. Pero acaban marchando porque realmente, su única preocupación, es como borrar de su brazo el nombre tatuado de la próxima mujer que van a conocer.



— El barman es el aristócrata de la clase obrera, puede conseguir todo lo que quiera
Doug Coughlin (Bryan Brown) · Cocktail

miércoles, abril 30, 2014

¡Feliz Navidad!

Nada en el Korova me recordará que ésta es la noche de Navidad. Ningún ornamento navideño infectará el humo del club. Las camareras vestirán su poca ropa habitual y no habrá variación alguna en los adornos. El único cambio en la decoración del local de los últimos quince años, seguirá siendo el del día que encontramos el contorno de un tipo pintado con tiza en el suelo. Tendré la seguridad de que el único Papa Noel que podría encontrar, estaría fuera, en el callejón, con la barba sucia y los pantalones por los tobillos, a punto de dejar un regalo en la boca de una prostituta.
Esta noche sólo encontraré clientes con el deseo de aislarse de una época del año que detestan. Encontraré mujeres que en las vísperas de su escote me jurarán una noche de amor eterno. Pediré mi whisky solo, ocuparé mi sitio en la barra y trataré de olvidar aquellas navidades infantiles en que todavía creía en Santa Claus y pensaba que si nunca llegaba a mi casa era porque al salir, probablemente le habrían robado el jodido trineo. No guardo buenos recuerdos de las navidades de mi infancia. Mis padres me dieron una holgada vida de escasez, donde no cabían los regalos. En casa la comida escaseaba hasta tal punto que a veces teníamos que chuparnos las manchas para llevarnos algo a la boca. Pasábamos tantos apuros que si un ladrón hubiera entrado a robar a mi casa la noche de Navidad, habría dejado algún regalo en el árbol para que no lo encontráramos vacío.

En el Korova estaré bien porque nada me recordará que es Navidad. Entraré al local, mis ojos tardarán unos segundos en acostumbrarse al descenso de luz y dejaré que a mis oídos, en lugar de villancicos, lo rieguen las miradas turbias de las camareras. No habrá ningún tipo preocupado por llegar a casa tarde para la cena. En el club hallaré la poca luz justa y ni un solo brindis; y hasta las falsas promesas, en lugar de a algún familiar, se harán a mujeres que tengan la moral en barbecho, al tipo de mujeres a las que les bastaría un par de besos para hacerte orinar sangre.

Sí, esta será una gran noche. Después de otras muchas noches de Navidad en las que mi mejor momento era cuando chocaba con un borracho, y no encontraba una maldita rama de muérdago encima de nuestras cabezas.



— Puede que yo sea tu mejor amigo y aun no te hayas dado cuenta
1st Sgt. Edward Welsh (Sean Penn) · La Delgada Linea Roja

lunes, octubre 28, 2013

Come on Chuck Simmons!



Recodos del tiempo. Así es como Dave Mannilow bautizó las viejas fotografías que aspiraban a disimular el ruinoso estado del papel pintado de la pared tras la barra del Korova’s Club. Aquella noche, tras cruzar la vidriosa frontera de la embriaguez, me detuve en una de las muchas estampas que tan mal encajaban en un club donde había varias órdenes de busca y captura contra la felicidad. 4 sonrientes jóvenes con el uniforme de los Chicago Cubs arropaban a un quinto hombre - atractivo, maduro, impecable traje negro, una infame cantidad de gomina, sonrisa calibrada sin margen de error y un brillo en las pupilas impropio del sepia de la imagen -. Aquellos ojos de zorro pertenecían al dios de una mitad de la ciudad, al hombre que resucitó hasta dos veces a un equipo con la derrota tatuada en el espíritu; aquella mirada era el santo y seña de Chuck Simmons, el legendario entrenador de los Cachorros...

Los jóvenes de Cicero imprimían su currículum en calidad borrador y todas sus ilusiones se convertían en papel mojado, ahogado más bien, por una realidad que, en aquel barrio, sólo conocía la connotación peyorativa del término. Los jóvenes hispanos de Cicero tenían incluso menos opciones. Dos concretamente: los White Sox y los Cubs. El joven Chuck Simmons, tuvo que elegir pronto entre el cegador brillo de las pálidas medias y la inmaculada historia de los White Sox, o las breves y famélicas alegrías, cultivadas como en barbecho, de los Cubs. Chuck Simmons tomó el camino equivocado. Y acertó. Desde su santuario entre la segunda y tercera base, Chuck lideró la defensa de un equipo temible, que fagocitó sus complejos y acabó con su leyenda negra en las Series Mundiales. Dentro del campo era el alma y el coraje que empuñaban el resto de sus compañeros. Fuera era el altavoz de cuarenta mil gargantas que movían a empellones al equipo. Pero Simmons se marchó. Y el eco del alirón se consumió apagado con sordina.
Cuando 15 años después, Chuck regresó al Wrigley Field como entrenador, se encontró un equipo aterido de miedo (al éxito, al fracaso, al ostracismo), el calco de un boxeador con la mandíbula de cristal, preso en su propio estadio y con el runrún de su público como carcelero. Al cruzar la puerta del campo el primer partido tras su regreso, el club rejuveneció de golpe, y Simmons con él. Y todo cambió. Se incautó de la tristeza de los jugadores, y con una consigna innegociable, el sacrificio, desplegó un juego alegre y eficaz, seductor e implacable. Y todo ello con una plantilla que quizá no era la mejor de la liga, pero que asumió y entendió al club, y fue la mejor que aquel equipo habría podido desear.
Los cuatro jóvenes de la fotografía que acompañaban a Simmons formaban una trinidad tan imperfecta y genial que necesitó de cuatro vértices y varios decimales.
Allí estaba Gilbert Grabois, un tallo de Nueva Orleans al que para mirar a los ojos se necesitaban cadenas. Con tila en las venas y las sinapsis nerviosas amputadas. Un primera base que jugó su primer partido con toda una carrera de experiencia, con la cara de un niño y las hechuras y cicatrices de un veterano de guerra.
De pie junto a Gilbert se encontraba John Francis, exterior derecho, defenestrado por unos White Sox con los que no casaba su estética, y lo que era peor, su ética. Un jugador que podía alardear de que jamás alardeaba y que hizo del esfuerzo su bandera.
El más cercano a Simmons era Murat Taraman, catcher; una paradoja, una celada, una trampa, una emboscada con piernas. Imprevisible y genial. El brazo ejecutor de Simmons en el diamante.
Y un poco más alejado del resto se hallaba Dick ‘Dirty’ Coast, el bateador estrella de aquel mítico equipo. Coast era un jugador que dejaba un rastro de tierra quemada a cada paso y una nube de azufre con cada home run. Mascaba nicotina e insultos a sus rivales, y su mirada - a los ojos, enfocando con dos agujeros negros que atrapaban el coraje del enemigo - bastaba para que los exteriores retrocedieran varios pasos cuando se acercaba a la caja de bateo. Coast golpeaba de forma tan violenta a la pelota que cuentan que una tarde el entrenador de los New York Mets situó a sus exteriores fuera del Citi Field cuando Dick se dirigía a batear.


Aquella fotografía autografiada, aquellas caras alegres, encajaban en el Korova como un tutú en la cintura de Rocky Marciano o una ametralladora Thompson en los brazos de Joan Fontaine. Por eso esperé un instante más. Y creí escuchar a Simmons decir: “Hace 15 años tomé el camino equivocado. Hoy he vuelto a hacerlo. Y he vuelto a acertar.” Debió ser la ginebra.


— ¿Cómo no ser romántico sobre el béisbol?
Billy Beane (Brad Pitt) · Moneyball



martes, octubre 08, 2013

Fotos Marchitas


Era cliente por temporadas. Pasaba meses, incluso años, por cualquier parte del mundo, tomando fotos de alguna perdida guerra, para faltarle tiempo a su vuelta de prodigar en el whisky del Korova el puñado de miseria que había conseguido ganar.
            A Arthur Dorff no le gustaba hablar. Lo que tenía que decir lo hacía con fotos. En el Korova los chicos aseguraban que ni siquiera le gustaba el whisky y no se lo decía a Dave por ahorrar saliva. Empalmaba cigarrillos y whiskys, a solas, y solo escasas veces se dejó acompañar por una chica a algún motel. En cierta ocasión se marchó con Kristin Neil, una vieja amiga. Siempre me intrigaron tipos como aquel y a la noche siguiente no pude evitar la tentación de interrogarla. “Pike me dijo   cuando te acuestas con un tipo así no te limpias el semen, te limitas a recoger sus escombros”.
Poco o nada sabíamos de Arthur, solo rumores. Era un tipo hosco, reservado, muy discreto. Lo único que conocíamos eran sus fotos. Crudas, desgarradoras, muchas de sus imágenes podrían chorrear sangre. Imágenes tan  duras que hasta un tipo del club aseguraba que lo habían echado de varias guerras por violento, pero siempre creí aquello una exageración. Sin duda fue Dave Manilow, el ladino dueño del Korova, quien mejor le comprendía. “Pike, echa un vistazo al local. Todos estos tipos vienen aquí escapando de su vida: matrimonios quebrados, trabajos que huelen a diez años y un día, y jardines de deudas. Fíjate en Arthur, él no huye de los de los horrores de las guerras. Un tipo como él busca encontrar aquí las ruinas que echa de menos”.
            Recuerdo la única ocasión en que hablé con Arthur. Llegó al club a primera hora, cansado, avejentado, con aspecto de llevar tanto tiempo sin dormir que hasta a su whisky le habían salido arrugas. Arthur se percató que le miraba “Esta maldita profesión se justificó   ha cambiado tanto… . Cuando yo comencé este trabajo te jugabas la vida y cobrabas por ello. Y a ese le respetaban. Ahora todo ha cambiado. La maldita televisión manda. Un tipo sale dos minutos en ese chisme, haciendo un análisis de lo que pasa en la otra punta del mundo desde un estudio, y se hace rico y famoso, y por la tarde vuelve en coche a casa con su mujer y su hija, mientras los tipos que se dejaron la vida por llevar unas fotos o unas imágenes nunca son reconocidos. ¿Sabes? Ayer murió un amigo. Más de veinte años haciendo fotos en guerras sin un maldito dólar para comprar medicinas al retirarse. Andaba tan apurado que en sus últimos días vagaba por las calles, tan miserable, que hasta los mendigos hacían cola para dejarle limosna.
En ese momento me percaté en una pequeña caja que Arthur llevaba consigo y había dejado sobre la barra, al lado del whisky. “Es muy triste muchacho dijo poniendo una mano encima pasar tu vida de guerra en guerra, para a tu vuelta encontrarte con que en el tanatorio al incinerarte les hace falta ponerte al menos un par de trajes para reunir las suficientes cenizas”.


Comparados con la guerra, los demás aspectos de la conducta humana son triviales.
General George S. Patton Jr. (George C. Scott) · Patton

martes, junio 04, 2013

Las noches más largas


Gus Paddy se retrasa. Sentado en el Korova, aburrido de la conversación con el whisky, prendo un cigarrillo, abro mi cartera y hago balance de recuerdos. Mientras Coltrane va pariendo acordes, surge un inventario de nostalgias: varias notas en servilletas con direcciones y nombres lejanos, casi ajenos; la factura de un motel, la más cara de mi vida, treinta dólares y un divorcio fueron el precio, como para olvidarla; y una foto, una instantánea amarillenta, ajada, que el tiempo emborracha de nostalgia.

Unos tipos sentados en la mesa de un bar, con más botellas que vasos, y la niebla de varios paquetes de cigarrillos. Me gusta mirar aquella imagen, en silencio, y que suenen en mi cabeza las risas que se adivinan en la foto. Nos la hicieron por sorpresa, celebrando algo que no recuerdo porque hace tanto tiempo que ni siquiera habíamos empezado a ser jóvenes. Tanto tiempo, que estrenábamos sonrisa cada día y hasta nuestra saliva era una novedad. Nos creíamos invencibles, con la sensación de que habrían bastado un par de aspirinas y tres whiskys para curar un infarto. Aquellos años estábamos tan acostumbrados a emborracharnos que cuando no lo estábamos nos quitábamos las gafas para verlo todo borroso. ¡Dios que tiempo! Allí estaban Crazy Louis, Mitch, “Big” John, Phil, Jules, y algún otro. También Joe “el cieno“, aquel tipo al que una vez habían echado de un prostíbulo por vicioso. ¡Qué grupo! Años divertidos, a los que parece que les robaron meses.
Acabó casi sin darnos cuenta. Dan Enke fue el primero en marchar para aceptar el trabajo de una empresa de publicidad en New Jersey. Mitch se casó y cambió aquella vida por otra mucho más aburrida, en la que hasta los besos sabían a burocracia. Poco a poco llegó el final del ciclo de otros. Cuando Jesse Moyes marchó a Denver a trabajar en una empresa de transportes supe que todo había acabado. Su despedida fue el fin.
Gus fue el último. Se marchó a vivir a una zona residencial de las afueras, donde el único humo posible es el de las velas en las tartas de cumpleaños.  Pero él, como yo, es de los que piensa que llegamos a una edad en que ya no se hacen nuevos amigos, sino que hay que esforzarse por conservar los que ya tenemos. De cuando en cuando buscaba una excusa cuando para dejar su casa y caer por el Korova.

Al llegar se sienta a mi lado, coge la foto, la observa un rato, y deja entrar aquella época loca, de bares, mujeres y noches. De una etapa que no volverá. “Eran buenos tiempos. Esas cenas eran geniales, no cesábamos de reír todo el rato – me dice –.  Ahora, las únicas frases interesantes que oigo son las del camarero recitando la carta”. Me devuelve la foto y da un profundo suspiro. Puedo ver en su cara la nostalgia de una época pasada maravillosa. Más divertida de lo que pueda ser ninguna.
– ¿Lo echas de menos?
– ¿Sabes Pike? – dio una profunda calada. Soltó el humo lentamente, mirando distraído a una de las camareras al pasar –. Te diré algo. La vida siguió su curso, soy feliz. Y no me arrepiento de haberme ido, de alejarme de aquello. Pero te lo confieso, echo de menos aquellas carcajadas. Maldita sea Pike – me dijo muy serio– a veces, algunas noches, no puedo dormir cuando el maldito silencio ya no me deja oír el ruido de las risas.
– Pon dos más, Dave. La noche será larga.

– Por las noches sale gente de todas las clases. Putas, macarras, ladrones, traficantes de droga… Algún día llegará una lluvia que limpiará las calles de esta porquería.
Travis Bickle (Robert de Niro) · Taxi Driver