jueves, septiembre 17, 2015

Policías y profesionales




- Chico, la decisión es tuya. Tienes dos opciones: la primera es tenerme cada noche aquí, haciendo preguntas, molestando a clientes y arrestando a cualquiera sin motivo. Eres consciente de ello, ¡tú mejor que nadie sabes que en este bar es sospechosa hasta la forma de tocar el piano de Larry! Y la segunda, muchacho, es pagarme y yo me ocuparé de que nadie te moleste.
Dave Mannilow, propietario del Korova, escuchó esa frase unos meses atrás saliendo de Lester Coleman, sargento de policía de Chicago. Y aceptó.
Cada semana Lester pasó por el local a recaudar lo pactado por su protección. Dave, desconfiado por naturaleza, nunca lo vio claro. El club estaba tranquilo y no había problemas, pero le incomodaba tener en nómina un poli corrupto. "Pike” - me decía - “las cosas tienen un orden natural. Es como si una de las chicas del club montara una clínica de tratamiento de enfermedades venéreas”.  Con el tiempo, Lester delegó la recaudación en dos hombres de su confianza en la comisaría: Zack Cassidy, un irlandés gordinflón, y Hank Nueces Collimore, conocido por llevar siempre los bolsillos de estos frutos secos que no cesaba de comer. Pero a ellos no les bastaba con cobrar y les gustaba pasar un rato disfrutando del local. Al poco, el par de cientos se convirtió en quinientos dólares semanales y, además de las chicas, aquellos polis daban buena cuenta del whisky del club.
Para cuando Dave reaccionó aquellos tipos se habían instalado en su local, ocupando a las chicas y saqueando su bodega. La gota que colmó el vaso fue la noche que Rose Seeborn volvió al Korova con los ojos morados. Rose era una de las chicas mas populares del Korova, capaz de hacerte el amor en colores, pero para Zack Cassidy no fue suficiente y prefirió divertirse con ella a golpes.
Dave tuvo claro que estaba en problemas y debía tomar una decisión. Ni siquiera con sus raíces judías, por las que pedía presupuesto por escrito antes de acostarse con una prostituta, escatimó gastos: contrató a Mad Sam DeEstefano, un sicario profesional acostumbrado a golpear y esfumarse después por unos meses en Italia, esperando que escampara la polvareda. Vinculado a la banda de Frank Nitti, Mad Sam era un tipo de reputación impecable, un auténtico profesional, de los que podían dispararte en seis idiomas diferentes y con años de experiencia en el currículum. Después, la gente de Frank Nitti, se encargaba de repartir hábilmente algunos dólares para tapar su trabajo.

  Las muertes de los dos esbirros de Coleman pasaron inadvertidas. A Zack Cassidy le tirotearon en un callejón. A pesar del plomo que llevaba en la barriga el forense afirmó que barajaba la hipótesis de la obstrucción intestinal  como causa más probable de la muerte. La autopsia a Hank Nueces Collimore afirmaba que había muerto por una indigestión de nueces. El detalle de que se las hubiera tragado con cáscara lo dejaba pasar por alto. Algo más de revuelo despertó la muerte de Coleman que apareció en un burdel, desnudo, vestido únicamente con un billete de cien dólares y cerca de cincuenta tiros en el cuerpo. "Hallado el cadáver de un inspector de policía, se sospecha que pudo ser asesinado," llegó a arriesgar la breve noticia que apareció en la página dieciocho del Chicago Esquire.
  Aunque se trataba de un policía, los chanchullos de Lester Coleman eran conocidos entre sus compañeros, y ninguno puso ahínco en aclararlo. Con el periódico en la barra del Korova comenté el asunto con Dave. Él, sin dejar de secar las copas, me comentó con la rotundidad del que sabe de lo que habla: "Pike, amigo, llevo demasiado tiempo en este mundo como para estar cómodo en este asunto. Si una cosa me ha enseñado esta ciudad, es que cuando ha de hacer tratos con gente que está fuera de la ley, uno ha de asegurarse que, al menos, sean profesionales."

— Para dominar la naturaleza primero se debe aprender a obedecerla.
William of Baskerville (Sean Connery) · El nombre de la rosa

lunes, junio 15, 2015

Breve homenaje a José Luis Alvite


Aunque esperada, la noticia no fue menos devastadora. Incluso a un tipo como Dave Mannilow, el ladino dueño del Korova, con el cuentakilómetros en la reserva, le costó encajar el golpe: el viejo periodista José Luis Alvite ha muerto. Unos meses después, me dijo: Pike, los dos sabemos que soy incapaz de improvisar una historia sin un abogado de oficio delante. Por favor, escribe unas palabras para su homenaje. Y fui incapaz de negarme.

Durante muchos años José Luis – Joe – fue el cronista de las noches; fue quien retrató a todos los actores de la madrugada, plasmando con esmero a los protagonistas y aún mejor a los de reparto. Desde la barra del bar grababa palabras que publicadas a la mañana siguiente hacían que a sus lectores el café con leche les supiera a whisky y tabaco, y el beso de despedida de su esposa a burdel y pecado.

Joe ha sido un tipo duro. Sin vocación de trascender, sus columnas eran esperadas por lectores y por compañeros de profesión que no ocultaban su envidia por ese tipo que era capaz de incluir metáforas en la lista de la compra. Por las noches, hacía compañía a sus personajes, en la barra de su nuevo bar de toda la vida, mientras los cigarrillos y la ginebra hacían pensar a cualquiera que si le hicieran un chequeo lo único que encontrarían funcionando en su cuerpo sería el mechero.

A Alvite nunca le interesaron los ganadores, le parecían esos tipos molestos e imprescindibles creados sólo para que existieran los perdedores. En un mundo con boxeadores, pianistas, barmans y coristas era donde él se transportaba, hasta el punto de que era menos probable que la frase de su epitafio saliera de un escritor que de la puerta de un cuarto de baño. Cuenta la leyenda que hasta llevaba escrita en la mano una dirección falsa, para que cuando se emborrachara nadie cometiera la imprudencia de devolverle a su casa.

Alvite nos ha dejado. Conservaremos sus artículos, varios libros suyos en los que se esforzó por poner desinterés en que no se publicaran y un puñado de entrevistas en que cada respuesta parece brotar de un tipo cuyo talento podría desahuciar a la mitad de los columnistas de este país. A partir de ahora tendremos que convivir con la certeza de que su Savoy ha cerrado y que cuando cualquier otro nos hable de noches, de mujeres o borracheras, a su lado, serán siempre puro garrafón.


— Es una jactancia pensar que uno es un ser especial. ¿Crees que has inventado las borracheras? — No, pero podría patentar las mías. Sheriff John T. Chance (John Wayne) & Dude (Dean Martin) · Río Bravo

miércoles, marzo 25, 2015

Réquiem para teclado y carro


A José Luis Alvite.

— ... lo dijo con aquella voz áspera y neblinosa, nasal debido al esfuerzo por recuperar el aliento al final de cada coma. El whisky, precipitado gota a gota durante años, había horadado en su garganta una caja de resonancia ideal para las crónicas de sucesos. — El cáncer, muchacho, — me dijo — es el compañero más fiel que he tenido en años y tengo el vicio de la lealtad. — Así fue como me explicó que no iba a dejar el tabaco. — La enfermedad, agazapada durante años, no había esperado en el rellano y, silenciosa al principio, pero tenaz como una abnegada madre después, había convertido sus pulmones en un fuelle cicatrizado y en permanente huelga que sólo se activaba a golpe de tos. — Además, me he trabajado una exquisita reputación esquivando consejos sensatos, sería cínico por mi parte cambiar de hábitos. — No había rastro de indolencia o desidia en su justificación, sólo el aplomo y la certeza de un tipo al final de la escapada.
Habían pasado tres días desde la muerte del columnista Lewis Alvin, y su amigo, el doctor David Gist, se acodaba en la barra del Korova mientras hablaba con Charlie Irons.
— Recuerdo sus dedos — continuó Gist —. Amarillos, casi desteñidos y cuarteados como un pergamino. Recuerdo un verano en que los cigarrillos le habían dejado en el dedo corazón una marca lívida, como una vitola blanca en un bronceado habano. Recuerdo que incluso una vez le vi airear su habitación con un pitillo... Recuerdo el humo con el que anudaba sus metáforas. El cáncer había carcomido sus entrañas pero no va a difuminar el carboncillo de esos recuerdos.

Gist levantó un dedo para pedir una copa para él y otra para Irons.

— Yo sabía que no estaba dispuesto a ser el tipo que espera la decisión del jurado (aún cuando la incertidumbre del veredicto se atenuaba con cada zarpazo de dolor) mientras cuenta los rombos de su jersey — ahora era el periodista Charlie Irons quien hablaba —. Seguía apareciendo por la redacción con un horario tan inestable como las promesas de un político. La única constante era su absoluta aleatoriedad y el respeto que infundía en los más jóvenes. John Talbot, jefe de internacional, aseguraba que había algunas máquinas de escribir que todavía tartamudeaban en su presencia, intimidadas por aquella metástasis de símiles y aforismos.
— Aquel falso y estudiado desaliño en su forma de vestir, aquella caótica agenda laboral, contrastaba con la solemnidad y rotundidad de sus escritos. Con cada palabra, el folio iba transformándose en mármol y las teclas en el cincel que lo esculpían. Una noche salí tarde del periódico y lo encontré en su mesa, asomándose al precipicio de la montura de sus gafas para ajustar el papel al rodillo de su Underwood nº3. Con una camisa de cuadros tan anacrónica como aquella maravillosa máquina. Esa misma noche me confesó. — ¿Sabes muchacho? Yo quise ser músico de jazz, incluso aprendí a tocar el piano, pero abandoné cuando me di cuenta de que ni siquiera sus teclas negras dejan manchas de tinta. — Supongo que es lo que todos bautizarían como un periodista de raza. Supongo que él mismo podría considerarse como tal si no detestara la expresión.
Las manos de Irons tamborileaban sobre una barra despejada, huérfana ante la demora del camarero.
— Su ex-esposa me pidió que escribiera un discurso para su funeral. Fue como pedirme que asesinara a un revólver. El panegírico digno de Lewis tendría que ser autobiográfico y leído por la camarera de un club. Cualquier otra cosa sonaría afectada. Dios, en lo único que podía pensar era en coronas fúnebres con dedicatorias del condado de Bourbon y el estado de Tennessee. Tus amigos Chesterfield y Lucky no te olvidan. En letras negras. Sobre un círculo rojo.

Dave Mannilow, el dueño del Korova, se dio cuenta de que llevaba tres vasos de Jim Bean etiqueta negra para solo dos clientes. La maldita costumbre. Una costumbre que llevaba tres noches de riguroso luto.



— La muerte de cualquier hombre me hace sentir más pequeño, porque tengo un compromiso con la humanidad. Por eso, nunca trates de averiguar por quién doblan las campanas, están doblando por ti.
Robert Jordan (Gary Cooper) · Por quién doblan las campanas.

miércoles, diciembre 31, 2014

La leyenda de los Valientes


   Era una leyenda. Un tipo duro del que hasta su aliento generaba encanto. Su aspecto, con más de ciento noventa centímetros, enorme espalda y una mirada negra y expresiva hasta hacerte sangrar los oídos, bastaban para despertar admiración. Pero eran sus labores las que le hacían respetado.Todos las conocían. Y por eso le apreciaban.
   Leonard trabajaba para Frankie Yale. Pasó por todos los puestos: cobrador de apuestas, guardaespaldas o chofer. Daba igual. Todos los trabajos los hacía de forma impecable, ganándose la fama de tipo pulcro y profesional. Su popularidad se incrementó cuando se casó con Lisa Marone, la preciosa hija del propietario de una cadena de lavanderías. Lisa arrastraba los escombros de un matrimonio anterior y con un tipo como Leonard había reencontrado la ilusión. Unas horas después de conocerse estaban en la cama. Tras una semana vivían juntos. Entre risas y con una copa en la mano ella lo explicaba sin problemas:
   Una mujer necesita sentirse viva. Mi matrimonio fue un desastre. Mi esposo era capaz de hacerme el amor sin deshacer la cama. Aquello fue tan aburrido que me habría conformado con que mi marido manchara la tapa del wáter al orinar. Con Leonard todo es diferente –decía sin perderle de vista y media sonrisa-. Con un tipo así a veces tengo que tener cuidado de que su fama no me deje embarazada.
También Leonard estaba rendido a ella. Una chica atractiva, alegre, con el color de su sonrisa a juego con el del hielo de tus whiskys es lo que tiene. Por eso, a todos nos sorprendió que una semana después de que dos tipos vaciaron sus Thompson en su coche, llenando a Lisa de plomo y agujereando el brazo de Leonard, él fuera capaz de volver al trabajo con más energía que nunca.
   Tras perder a Lisa, los siguientes tres años aceptaba cualquier encargo, sin medir los riesgos. Los chicos notaron el cambio: nada le espantaba, despreciaba la prudencia y con el tiempo empezaron a temer su valentía. No lo reconocían en público pero se había vuelto casi temerario. Evaluaba una situación y siempre optaba por la opción más directa que solía aparejar mayor riesgo. Empezó a realizar los encargos sólo, con predilección por los arriesgados. Al volver, la reacción de los chicos siempre era la misma: sorpresa y admiración, echando más troncos al fuego de su leyenda. Es increíble, me dijo un miembro de la banda, como a un tipo como él, por muchos tiros que hayan, nunca se le magulla la reputación.
   Poco a poco su fama hizo que fueran dejándole de lado y él se volvió esquivo y arisco. Frankie Yale, sabedor de la situación le asignaba los trabajos más complicados. Si había que cobrar alguna deuda en un local en el que era previsible encontrar hostilidad, mandaba a Leonard; si podían haber tiros, mandaba a Leonard. Y cuando hubo que tratar un asunto con un poli, con el riesgo que lleva siempre enfrentarse a un tipo con pistola y placa, Leonard fue el hombre.
   A Peter McKenzie, un joven poli irlandés, le gustaba apostar en las carreras y arrastraba una deuda con Frankie Yale. Éste encargó a Leonard que gestionara el asunto. Y él optó por la vía directa. Abrió la puerta del Kavanagh´s, pasó entre cerca de una veintena de policías, agarró la cabeza de Peter y la estampó dos veces contra la barra. Luego le acercó su cara la suficiente para mancharse de sangre y decirle:
   - Tienes una semana.
   Sea por el asombro de su atrevimiento, por el alcohol que los polis acumulaban o ambas cosas, lo cierto es que Leonard salió tranquilamente del local, sin más muesca que las astillas de la nariz de Peter, cuando lo lógico es que alguna de las más de veinte pistolas que habían allí le hubiera descerrajado un tiro.
   Cansado, huraño, volvió luego al Korova, a su rincón de la barra, a esperar el siguiente encargo, enjuagando con whisky sus historias y el recuerdo de Lisa. Una noche que estaba a mi lado, tras pedirme unas cerillas, no pude evitar preguntarle.
- ¿Leonard como lo haces? ¿De donde sacas tantas agallas? -le dije, sin pensar que me descubriría el origen de su valor.
   Sacudió el brazo apagando la cerilla mientras el humo del cigarrillo salía de sus labios y trabajosamente me miró.
- ¿Agallas? –preguntó con fatigada sonrisa-. ¿Sabes Pike?, me hace gracia tu pregunta. Porque lo cierto es que hace ya tres años que trato de reunir el valor suficiente para quitarme yo sólo la vida.



- La gracia de ser valiente es no serlo demasiado.
Capt. Thomas Archer (Richard Widmark) · El gran combate

jueves, agosto 07, 2014

Al otro lado de la barra

Las noches al otro lado de la barra son para profesionales. Para tipos acostumbrados a atender a clientes arruinados y limpiar la barra de escombros de pasiones con las formas diligentes y asépticas de un cirujano. Según presumía Dave Manilow, el ladino dueño del Korova, “son casi modernos hombres del renacimiento, expertos en leyes, psicología, economía, relaciones de pareja…”. Lo que la visión romántica de Dave no citaba es que invariablemente estos tipos eran calamidades en sus vidas. Capaces la misma noche de servir mil copas sin desperdiciar una gota, mientras derramaban su matrimonio sobre la barra.
Hay camareros sentenciados para la profesión, como Ray Jennings. Un tipo intachable en su cometido y una ruina para todo lo demás. Trabajó en el Korova quince meses de forma ejemplar, ganándose el aprecio de todos. Discreto y atento en su labor, al acabar su turno Ray olvidaba el camino de regreso a casa. Partidas clandestinas, whisky o cualquier escote, lograban que su mujer e hijos olvidaran su cara durante días. Hasta que una noche en una partida, hirió con una navaja a un tipo y mató su matrimonio: le cayeron cuatro años de prisión.
Nada más salir de la cárcel Ray volvió al Korova. Dave nunca tuvo problema para contratar a tipos cuyos antecedentes hicieran juego con las arrugas de su camisa. Al poco, una noche cerrando, charlé con Ray sobre su vuelta al club. Divorciado y sosegado, era un tipo nuevo.
- Cuando salí de la cárcel regresé a Chicago con la sensación de arrastrar varias maletas llenas de vacíos. Todo parecía cambiado, la ciudad me parecía ajena…, ¡como si hasta el maldito lago Michigan lo acabaran de estrenar! Pero muchacho, al entrar en el club uno reconoce su casa. Verás Pike yo nunca tuve un hogar. Éramos siete hermanos y mis padres tenían varios trabajos para servirnos un poco de hambre tres veces al día. Con quince años me fui de casa y con diecinueve entre en un matrimonio que apestaba a burocracia. En mis siete años casado creo que no dejó de llover ni un solo día. Me aficioné al juego, al alcohol…. Pero, ¿sabes Pike?, he cambiado. Ahora estoy bien –apuntaba tranquilo mientras limpiaba la barra.

Pero esa etapa duró para Ray hasta la noche en que miss Florida del 67 actuó en el club reconvertida en cantante: ciento ochenta centímetros de eslora y una sonrisa a prueba de una división de artillería. La clase de mujer que te hechiza y detestan tu madre, tu hermana y tu contable, y que por más que lo intentes acaba deslizando tu mirada hacia su escote.
Él sabía de carrerilla el protocolo para conquistar a una mujer así: restaurantes caros, joyas y ropa. Al poco de empezar con ella Ray comenzó a pedir prestado: primero a Dave un anticipo de su sueldo y luego a cualquiera de los usureros que pululaban por la ciudad. Y de nuevo Ray estaba metido hasta el cuello en deudas con tipos de Chicago, a los que la sonrisa les huele a diez años y un día.
Sabedor del problema en que nadaba, en su última noche liquidó con Dave, recogió sus pocas pertenencias y se marchó hacia la estación de autobuses. Mi última imagen suya es su contorno en la salida del Korova, con una pequeña maleta en la mano y dos dedos en la frente a modo de saludo militar, a la caza de su siguiente fracaso.

Fue el viejo profesor Gus Revert, que había conocido incontables camareros quien mejor comprendió la situación. Pike, muchacho, es siempre la misma historia. Estos tipos vienen, atienden la barra,  hacen su trabajo y nunca falta un maldito dólar al cuadrar la caja. Pero acaban marchando porque realmente, su única preocupación, es como borrar de su brazo el nombre tatuado de la próxima mujer que van a conocer.



— El barman es el aristócrata de la clase obrera, puede conseguir todo lo que quiera
Doug Coughlin (Bryan Brown) · Cocktail

miércoles, abril 30, 2014

¡Feliz Navidad!

Nada en el Korova me recordará que ésta es la noche de Navidad. Ningún ornamento navideño infectará el humo del club. Las camareras vestirán su poca ropa habitual y no habrá variación alguna en los adornos. El único cambio en la decoración del local de los últimos quince años, seguirá siendo el del día que encontramos el contorno de un tipo pintado con tiza en el suelo. Tendré la seguridad de que el único Papa Noel que podría encontrar, estaría fuera, en el callejón, con la barba sucia y los pantalones por los tobillos, a punto de dejar un regalo en la boca de una prostituta.
Esta noche sólo encontraré clientes con el deseo de aislarse de una época del año que detestan. Encontraré mujeres que en las vísperas de su escote me jurarán una noche de amor eterno. Pediré mi whisky solo, ocuparé mi sitio en la barra y trataré de olvidar aquellas navidades infantiles en que todavía creía en Santa Claus y pensaba que si nunca llegaba a mi casa era porque al salir, probablemente le habrían robado el jodido trineo. No guardo buenos recuerdos de las navidades de mi infancia. Mis padres me dieron una holgada vida de escasez, donde no cabían los regalos. En casa la comida escaseaba hasta tal punto que a veces teníamos que chuparnos las manchas para llevarnos algo a la boca. Pasábamos tantos apuros que si un ladrón hubiera entrado a robar a mi casa la noche de Navidad, habría dejado algún regalo en el árbol para que no lo encontráramos vacío.

En el Korova estaré bien porque nada me recordará que es Navidad. Entraré al local, mis ojos tardarán unos segundos en acostumbrarse al descenso de luz y dejaré que a mis oídos, en lugar de villancicos, lo rieguen las miradas turbias de las camareras. No habrá ningún tipo preocupado por llegar a casa tarde para la cena. En el club hallaré la poca luz justa y ni un solo brindis; y hasta las falsas promesas, en lugar de a algún familiar, se harán a mujeres que tengan la moral en barbecho, al tipo de mujeres a las que les bastaría un par de besos para hacerte orinar sangre.

Sí, esta será una gran noche. Después de otras muchas noches de Navidad en las que mi mejor momento era cuando chocaba con un borracho, y no encontraba una maldita rama de muérdago encima de nuestras cabezas.



— Puede que yo sea tu mejor amigo y aun no te hayas dado cuenta
1st Sgt. Edward Welsh (Sean Penn) · La Delgada Linea Roja

lunes, octubre 28, 2013

Come on Chuck Simmons!



Recodos del tiempo. Así es como Dave Mannilow bautizó las viejas fotografías que aspiraban a disimular el ruinoso estado del papel pintado de la pared tras la barra del Korova’s Club. Aquella noche, tras cruzar la vidriosa frontera de la embriaguez, me detuve en una de las muchas estampas que tan mal encajaban en un club donde había varias órdenes de busca y captura contra la felicidad. 4 sonrientes jóvenes con el uniforme de los Chicago Cubs arropaban a un quinto hombre - atractivo, maduro, impecable traje negro, una infame cantidad de gomina, sonrisa calibrada sin margen de error y un brillo en las pupilas impropio del sepia de la imagen -. Aquellos ojos de zorro pertenecían al dios de una mitad de la ciudad, al hombre que resucitó hasta dos veces a un equipo con la derrota tatuada en el espíritu; aquella mirada era el santo y seña de Chuck Simmons, el legendario entrenador de los Cachorros...

Los jóvenes de Cicero imprimían su currículum en calidad borrador y todas sus ilusiones se convertían en papel mojado, ahogado más bien, por una realidad que, en aquel barrio, sólo conocía la connotación peyorativa del término. Los jóvenes hispanos de Cicero tenían incluso menos opciones. Dos concretamente: los White Sox y los Cubs. El joven Chuck Simmons, tuvo que elegir pronto entre el cegador brillo de las pálidas medias y la inmaculada historia de los White Sox, o las breves y famélicas alegrías, cultivadas como en barbecho, de los Cubs. Chuck Simmons tomó el camino equivocado. Y acertó. Desde su santuario entre la segunda y tercera base, Chuck lideró la defensa de un equipo temible, que fagocitó sus complejos y acabó con su leyenda negra en las Series Mundiales. Dentro del campo era el alma y el coraje que empuñaban el resto de sus compañeros. Fuera era el altavoz de cuarenta mil gargantas que movían a empellones al equipo. Pero Simmons se marchó. Y el eco del alirón se consumió apagado con sordina.
Cuando 15 años después, Chuck regresó al Wrigley Field como entrenador, se encontró un equipo aterido de miedo (al éxito, al fracaso, al ostracismo), el calco de un boxeador con la mandíbula de cristal, preso en su propio estadio y con el runrún de su público como carcelero. Al cruzar la puerta del campo el primer partido tras su regreso, el club rejuveneció de golpe, y Simmons con él. Y todo cambió. Se incautó de la tristeza de los jugadores, y con una consigna innegociable, el sacrificio, desplegó un juego alegre y eficaz, seductor e implacable. Y todo ello con una plantilla que quizá no era la mejor de la liga, pero que asumió y entendió al club, y fue la mejor que aquel equipo habría podido desear.
Los cuatro jóvenes de la fotografía que acompañaban a Simmons formaban una trinidad tan imperfecta y genial que necesitó de cuatro vértices y varios decimales.
Allí estaba Gilbert Grabois, un tallo de Nueva Orleans al que para mirar a los ojos se necesitaban cadenas. Con tila en las venas y las sinapsis nerviosas amputadas. Un primera base que jugó su primer partido con toda una carrera de experiencia, con la cara de un niño y las hechuras y cicatrices de un veterano de guerra.
De pie junto a Gilbert se encontraba John Francis, exterior derecho, defenestrado por unos White Sox con los que no casaba su estética, y lo que era peor, su ética. Un jugador que podía alardear de que jamás alardeaba y que hizo del esfuerzo su bandera.
El más cercano a Simmons era Murat Taraman, catcher; una paradoja, una celada, una trampa, una emboscada con piernas. Imprevisible y genial. El brazo ejecutor de Simmons en el diamante.
Y un poco más alejado del resto se hallaba Dick ‘Dirty’ Coast, el bateador estrella de aquel mítico equipo. Coast era un jugador que dejaba un rastro de tierra quemada a cada paso y una nube de azufre con cada home run. Mascaba nicotina e insultos a sus rivales, y su mirada - a los ojos, enfocando con dos agujeros negros que atrapaban el coraje del enemigo - bastaba para que los exteriores retrocedieran varios pasos cuando se acercaba a la caja de bateo. Coast golpeaba de forma tan violenta a la pelota que cuentan que una tarde el entrenador de los New York Mets situó a sus exteriores fuera del Citi Field cuando Dick se dirigía a batear.


Aquella fotografía autografiada, aquellas caras alegres, encajaban en el Korova como un tutú en la cintura de Rocky Marciano o una ametralladora Thompson en los brazos de Joan Fontaine. Por eso esperé un instante más. Y creí escuchar a Simmons decir: “Hace 15 años tomé el camino equivocado. Hoy he vuelto a hacerlo. Y he vuelto a acertar.” Debió ser la ginebra.


— ¿Cómo no ser romántico sobre el béisbol?
Billy Beane (Brad Pitt) · Moneyball