domingo, octubre 28, 2018

Deudas y Despedidas

Las despedidas, las deudas y las enfermedades venéreas siempre llegan en mal momento. También el adiós de los jugadores trascendentales, que marcaron época en sus clubes, y cuya marcha alivia que se produzca sin necesidad de Betadine y puntos de sutura. Porque despedirse bien es tan complicado que hay que conformarse con dañar lo menos posible. Siempre es más sencillo soltar un “hola”, un “de acuerdo” o un “yo me pongo debajo”, que un “se acabó”, y todos tenemos fresca todavía alguna salida como la de Iker Casillas que, después de toda una vida entregado al madridismo, se fue contento con su segunda despedida, fría como una sala de autopsias, sólo porque la de unos días antes había sido espantosa, impropia de una leyenda de los blancos. O la de Agüero, un divorcio de manual, con infidelidades, mentiras y disputas por el dinero, al que sólo restó una pelea por la custodia del niño. O mención aparte merece la de Cristiano Ronaldo. Posiblemente el jugador más importante de la historia del madridismo que, tras nueve temporadas y un bagaje de títulos y goles descomunal, se despidió dejando el mismo lazo de afecto que el que se conserva con el director de un banco. Una relación provechosa, plusvalías para las dos partes y tanto cariño como el que se reparte en las ferreterías.
Joseba Etxeberría debutó en la Real Sociedad con diecisiete años y agitó mi conciencia para que supiese que me hacía mayor. Fue el primer futbolista de mi edad que llegaba a  primera división mientras yo todavía jugaba en la cantera de un equipo de tercera. Por entonces aún esperaba llegar a algo en el fútbol  si mejoraba mi disparo a puerta. Quince años después viajé a Bilbao para la despedida de soltero de mi amigo Jordi, y cerrar el círculo viviendo el adiós de Joseba en San Mamés. Era la retirada de un jugador de mi edad al que yo ya vi debutar. Ese fin de semana se dilapidó mi juventud, mis ahorros y un elevado porcentaje de mi hígado. Seguía pendiente la mejora de mi disparo a puerta.
Gabi y Torres debutaron muy jóvenes en el Atlético. Incluso llegaron a compartir vestuario alguna temporada en el Manzanares, en una etapa horrible del club, tan oscura y llena de problemas que en las oficinas del Calderón se trabajaba con frontales. Se arrastraba el desastre de una gestión nefasta, agravado por dos años en las cloacas de segunda, y el equipo apenas si generaba suficiente dinero para pagar a los contables que llevaban el registro de las deudas del club. Épocas propicias para adeudar favores, negocios oscuros y mercaderes de afectos, en las que no se ganó ningún título y los atléticos casi nos conformábamos con no echar en falta ningún trofeo de los que lucían en nuestras vitrinas. Era complicado que jugadores de la cantera se hiciesen un hueco y Gabi necesitó salir por dos veces para crecer como jugador. A Torres le ocurrió justo lo contrario; su crecimiento fue tan desproporcionado respecto al del club que buscó una salida cuando el resto del equipo a su lado parecía un juguete de Playmobil. Por mi parte, creía estar aún a tiempo de entrenar en serio los lanzamientos a portería.
El retorno de Gabi al Atleti produjo la misma sensación que si los Reyes Magos te dejan un par de calcetines y una bufanda en el árbol. Algo útil que no ilusiona. Pero en una época marcada por centrocampistas excelsos, de juego combinativo, Gabi en cambio encontró su territorio como la prolongación de Simeone en el campo. Acostumbrado a jugar los partidos con una tarjeta amarilla y pasar el resto del encuentro como un funámbulo, eso no le impedía ser luego el primero en presionar, en convertirse en el líder del equipo y un ejemplo para los demás. Unos años más tarde sería Torres el que regresaba, ansioso por dejar sus últimas gotas como futbolista de primer nivel en una etapa histórica del Atleti. Mi amigo Jordi llevaba ya un tiempo sin saber nada de su ex mujer. Tampoco había noticias de mejora del tiro con mi pierna derecha.
Hay días en la vida en los que llevamos tanta prisa y todo es tan urgente que no queda más remedio que pararse en un bar y echarse una cerveza. Es entonces cuando abres el periódico y asumes que dos leyendas del Atleti, Gabi y Torres, se han despedido del equipo de su vida, esta vez para no volver. Y lo han hecho con el mismo respeto y cariño que dedicaron al club durante toda su carrera. El Niño, porque Simeone lo máximo que podía ofrecerle era el rol de tercer o cuarto delantero, algo especialmente complicado para su entorno, porque siempre es difícil aceptar ser el último plato de tu pareja cuando has estado casado antes con ella. Poco más tarde era Gabi el que anunciaba su despedida, precipitada por una devastadora oferta económica y la convicción de que levantando la Europa League se había completado un ciclo. La marcha de dos jugadores así nos deja abrazando el hueco de su ausencia, que diría el maestro. Nos deja con la demoledora impresión de que el tiempo pasa rápido, que nos hacemos mayores y de que no hay nada que hacer con mi disparo a puerta. Pero, por suerte, nos deja la certeza de que se han marchado dos leyendas impecables, sin dejar ni una maldita deuda con el club.
Pike Bishop
(texto publicado originalmente en Sphera Sports el 25 de julio de 2018 Deudas y Despedidas)

jueves, octubre 18, 2018

Fútbol, bares y mujeres

Me gusta tanto el fútbol que sólo pongo los partidos en la tele para comprobar si lo que estoy leyendo en Twitter es correcto. Salvo el Atleti, el resto de equipos me producen tanta pereza que todos los encuentros se me hacen largos. Tal vez porque este deporte me interesa cada vez menos que lo que algunos opinan sobre él. Hace poco compartía esta idea con Quique, uno de esos amigos imprescindibles cuya conversación siempre está cargada de sentido común, aunque de su brazo esté colgando una jeringuilla con heroína: Pike, amigo, hemos llegado a un punto en que a nosotros, más que los partidos, lo que nos entretiene es su periferia. Los gestos, los detalles o los tacones de Inma Rodríguez, hace ya tiempo que nos interesan más que los goles, los regates y las polémicas.
Aunque lleva razón, no siempre fue así. Hubo una época en que el fútbol me apasionaba y ni dejaba escapar ningún partido ni me perdía los programas nocturnos de radio. Especialmente si eso aplazaba el momento de sentarme a estudiar. Si los miércoles había Champions nunca había examen al día siguiente, porque necesitaba ver también los resúmenes. Jugaba en varios equipos, leía los periódicos y las charlas con los amigos eran al noventa por ciento sobre fútbol. El otro diez por ciento, como para Best, desperdiciábamos el tiempo. Me obsesionaba tanto este deporte que muchos allegados se hastiaban de mí o incluso mi novia de entonces se ilusionaba con encontrarme algún día una mancha de carmín o el aroma del perfume de otra mujer, antes que con el MARCA bajo el brazo.
Es difícil saber que produjo este cambio. Descarto, desde luego, que sea por esa corriente de odio al fútbol moderno que me es ajena, y lo más probable es que ocurra igual que con el resto de amores, que conocen un estado febril, sobre todo en sus comienzos, que deriva con el tiempo en un cariño diferente, más sereno y sincero. También con el cine me ocurre algo similar. Tras muchos años de ardor, tengo ahora la sensación de que las películas de mi vida ya las he visto y tengo lleno el altar de mitos . Cualquiera de las que ahora consideran obras maestras, se me hacen bola y me interesan más bien poco. Sólo, en raras ocasiones, tropiezo con una película que no conozco de nada, me engancha, y le hago un pequeño hueco entre mis preferidas, contento por renovar el repertorio y mantener la fachada de cinéfilo. Eso sí, renegando de los éxitos comerciales.
Tal vez el motivo sea que me inquieta más la hora en que mi hijo sale de inglés que la del comienzo de los partidos de Champions. O puede que sea por las facilidades que ahora tenemos. No hace muchos años, apenas se podían ver un par de partidos de fútbol por semana. Dos o tres más si había copa o competiciones europeas. Ahora es diferente y se puede ver casi cualquier liga del mundo. Todos los encuentros, la información o las estadísticas las tenemos tan al alcance de la mano, como tantas veces soñamos, que ya no nos apetece verlos. Y cuando se está jugando unas semifinales de Champions yo estoy viendo en YouTube un vídeo con los goles de Ravanelli. Algunos tipos somos así, nos gusta más un bar oscuro con el cierre a medio bajar que el que está de moda y abarrotado. Nos atrae bastante menos una mujer codiciada que la que te puede dejar sin corazón, sin cartera y con una gran infección.
Estoy seguro de que por eso me seduce Gameseven.es. Porque es ese bar que acaban de abrir unos amigos, y a mí me gustan los locales vacíos que todavía huelen a pintura e ilusión. Cuando los camareros roban dinero de sus casas sólo para que la caja registradora del bar no esté vacía. Es en esos locales donde me siento a gusto, en familia. Y más todavía, porque sé que dentro de un tiempo es probable que sea uno de esos lugares abarrotados, donde ya nadie te conoce y hay que hacer cola para entrar. Y en los que un tipo como yo sólo puede acudir para que el portero le prohíba la entrada.
Pike Bishop

(texto publicado originalmente en Game Seven el 25 de septiembre de 2018 Fútbol, bares y mujeres)

jueves, septiembre 13, 2018

El Mundial y las fronteras

Tuve una infancia tranquila, con tiempo para identificar claramente a mis villanos preferidos: Angela ChanningTransfer y Bélgica, que nos había echado del Mundial del 86. En cambio a mi hijo le ha bastado esta semana un rato de tele, con el Mundial y el telediario, para detestar a Trump, Cristiano Ronaldo y Plankton. Todavía no he logrado comprender por qué misterioso razonamiento infantil el portugués y un dibujo animado comparten estatus con un tipo capaz de ordenar que los niños sean separados de sus padres y encerrarlos en jaulas al cruzar la frontera de Estados Unidos, pero así funciona el cerebro de los niños.
Tampoco sé el motivo de que le gusta la selección de Islandia, que vuelve a ser una agradable sorpresa. Porque son un equipo rocoso, de los que te montan una valla con concertinas en su centro del campo complicadísima de superar. Su mérito es enorme y su hazaña es tan emocionante que yo sólo puedo ir con Uruguay. Un equipo excesivo, áspero y tribunero, cuyo juego parece siempre cargado de antecedentes penales, pero que despierta mi simpatía por su competitividad. Los uruguayos han ganado sus tres partidos. A su modo, pero han pasado de ronda. Y a otra cosa. Juegan los partidos como sus cartas un universitario en la barra de un bar a las cinco de la mañana, con urgencias y sin escrúpulos, pero les está funcionando. A muchos parece molestarle su estilo, pero no seré yo quien les critique. He visto demasiadas noches que varían su rumbo en la frontera del amanecer por propuestas que podrían rozar la roja directa, como para no simpatizar con los charrúas.
Este Mundial se está caracterizando porque las potencias futbolísticas están sufriendo para resolver sus encuentros. Argentina convierte cada partido en un drama y no es descartable que algún jugador acabe la competición pidiendo asilo en una de las embajadas de Rusia si no consiguen el pasaporte a octavos. Su partido frente a Croacia fue tan pobre que el único tiro a puerta que hicieron en noventa minutos se lo dio Caballero en el pie. Brasil y Alemania han salvado los muebles por el momento. A última hora y con prisas, encontraron el salvoconducto para solventar sus partidos, igual que el estudiante que llega por los pelos a clase, coge de milagro el autobús o salva el examen encontrando de quien copiar en los últimos cinco minutos. Les cuesta un mundo encontrar un túnel por el que colarse en las áreas rivales y eso les hace ir al límite. Porque para vivir al límite no es preciso jugarse la vida todos los días ni desactivar un par de bombas antes de comer, basta con ir en coche a recoger a tu hijo al cole y no encontrar aparcamiento o con probar la sospechosa ensaladilla que hay en la nevera. En este Mundial los grandes están descubriendo lo que es eso, pero ganan igualmente, de forma rácana y casi sin merecerlo.
Y eso es algo que debemos tener claro que sólo le ocurre al resto de equipos. Porque si es el nuestro el que vence así diremos que lo ha hecho por épica, oficio o fe. Hasta el día exacto en que perdamos, que será el momento en el que nos apresuraremos a explicar los problemas que arrastrábamos y teníamos claramente identificados, pero por deferencia patriótica manteníamos en silencio. Porque lo cierto es que España pasó muchos apuros en sus tres partidos. Primero contra Portugal, donde empatamos gracias a dos goles de Diego Costa, que cuando golea siempre parece un poco más español. Frente a Marruecos gracias a los palos y al bendito VAR, que traspasó un gol de la frontera de la duda. Y más grave fue el partido contra Irán, que se dejó dominar, se atrincheró en su campo y en la única ocasión que pisó el área contraria en la primera parte estuvieron a punto de pedirle los papeles a su delantero. Le llovieron las críticas a Irán por jugar así. Carvajal y algunos periodistas españoles tiraron de supremacismo futbolístico para indignarse, al estilo Xavi Hernández viendo al Atleti. Porque eso es otra cosa que también debemos tener clara: los equipos deben jugar como a nosotros nos interese que jueguen, no como ellos estimen conveniente. Y si no lo hacen diremos que practican el anti fútbol, un juego arcaico o cualquier otra cosa. En cambio, si somos nosotros los que nos encerramos o perdemos tiempo, lo llamaremos jugar con el marcador, paciencia u oficio, que es el término socorrido que vale para casi todo.
Al final te das cuenta de que en fútbol ocurre exactamente igual que en las fronteras y dependerá del oficio del inmigrante para que lo llamemos ilegal, sin papeles o subsahariano, o simplemente un fichaje exótico para el equipo. Según lo que nos encaje ese día.
Pike Bishop
(texto publicado originalmente en Diarios de Fútbol el 26 de junio de 2018 El Mundial y las fronteras )

domingo, agosto 19, 2018

Cristiano y su legado

 Es morena. De belleza sin fisuras, ojos a juego con sonrisa azul y un cuerpo dispuesto a dejar cualquier corazón en bancarrota. Además, es mi vecina. A pesar de ser tan atractiva utiliza kilos de maquillaje, perfumes -de cien euros el frasco- y ropa exageradamente ajustada y escasa. Si el azar nos hace coincidir en el ascensor, es tan llamativa que no puedo dejar de no mirarla. En el trayecto del ascensor me comporto como un juez de fondo en los partidos de fútbol, aparentando estar atento mientras me esfuerzo en no ver nada comprometido. Tan incómodo que me concentro en aprender el teléfono de emergencia, su fecha de revisión o, si hace falta, leo los números en braille de los botones de las plantas. Es una mujer tan excesiva que atraganta y cuando le dices ‘hola’ no puedes levantar la vista más allá de la punta de los zapatos.
La vida es eso que pasa mientras el Real Madrid gana Copas de Europa. En blanco y negro, en color o HD, el Madrid sigue acumulándolas y ha logrado en veinte años las mismas que el siguiente en el palmarés de toda la historia de competición. Nada menos que cuatro de las últimas cinco. Arrasa en las finales con una rutina burocrática que sólo nos deja sitio para hablar de la periferia del partido: las pifias de Karius, las agresiones de Ramos, o el color de los confetis en la celebración, cualquier cosa que nos supla la falta de emoción. Por suerte en esta faceta Cristiano Ronaldo es un valor seguro que nada más terminar la final decidió acaparar el protagonismo que no tuvo en el encuentro. Por un lado hizo lo que tantos hemos intentado en la fiesta de Navidad, aprovechando la euforia del momento, dejando caer al jefe su deseo de una subida de sueldo. Por otro, es difícil ver una imagen suya de la celebración que no contenga un gesto recordándonos sus cinco Champions. Y por si a alguien se le escapó, él se encargó de recordarlo en las entrevistas sugiriendo que la competición debería cambiar su nombre a CR Champions League.
Hay que guardar siempre las formas. En los ascensores, las celebraciones o transportando un cadáver en el maletero del coche, es importante mantener la compostura. Lo sabemos bien los que acostumbramos a quedar varias copas por encima de lo protocolario en las fiestas. A Ronaldo le es indiferente porque su obsesión es ganar, hinchar su currículum y, ya de paso, su cuenta corriente. A las personas normales no nos preocupa dejar un legado. Nos contentamos si por nuestros actos el camarero recuerda cómo tomamos el café, pero los que ya tienen ganada su página en la historia sí se preocupan por el recuerdo que dejarán. Es algo habitual de los presidentes de EEUU en sus últimos años de mandato y norma en Ronaldo, que parece desconfiar de que los estadísticos hagan bien su trabajo y teme que extravíen alguno de sus registros. Cinco Champions League, una Eurocopa, Balones de Oro, Pichichis, Ligas y una lista enorme de éxitos que perfectamente podría instalar al portugués en la cima de la mítica del madridismo, por encima incluso de Di Stéfano, pero da la sensación de que lo que Cristiano desea no son homenajes ni cariño, sino un notario que levante acta de sus éxitos.
En breve comenzará el Mundial. No sería descabellado que Ronaldo aúpe a Portugal y agregue este trofeo a su colección. Ni que lo acompañe con el de máximo goleador de la competición o el de mejor jugador. Como tampoco lo sería que si lo logra dedique luego un rato a recordarnos que ha ganado una Eurocopa y un Mundial. Personalmente, creo que nunca hay que subestimar el ego de una estrella y a un jugador como el portugués lo querría siempre en mi equipo. Su juego y su ambición son formidables para competir, pero me incomodan sus ostentaciones. Si Ronaldo logra el título se pondrá en lo más alto, al nivel de leyendas como Pelé o Maradona, pero a pesar de ello, no podré evitarlo. Mientras lo veo celebrar me sentiré incómodo, bajaré la vista y apenas podré levantarla de la punta de los zapatos.
Pike Bishop
(texto publicado originalmente en Diarios de Fútbol el 13 de junio de 2018 Cristiano y su Legado - Por Pike Bishop

miércoles, mayo 30, 2018

SHACKLETON Y EL LIDERAZGO

Un líder aparece en los momentos trascendentales. En el colegio, el trabajo o decidiendo el bar para las copas, aparece para tomar las riendas. Por muchos manuales de autoayuda o sesiones de coaching que tengas, el liderazgo es una virtud innata: se tiene o no se tiene. Un líder se impone desde el carisma no desde la autoridad.
Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo, meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito
No llega a treinta palabras que siguen siendo la envidia de cualquier publicista. Fue el anunció al que respondieron más de cinco mil hombres, publicado en un diario hace un siglo por el explorador Ernest Shackleton, con el objetivo de alcanzar el polo sur y atravesar la Antártida de costa a costa en un viaje glaciar de casi 3.000 kilómetros. El 1 de agosto de 1914 el Endurance partió del puerto de Londres con veintiocho tripulantes a bordo, pero el barco quedó atrapado en los hielos del polo y se hundiría finalmente. El fracasó de la misión podía haber quedado como apenas un par de líneas en los libros de historia, pero acabó convirtiéndose en una de las más legendarias hazañas de la exploración. Shackleton estableció un campamento en el hielo y lideró en todo momento a sus hombres, manteniendo alto su ánimo y la confianza en el regreso. Tomó decisiones, alguna muy arriesgada, como sacrificar para alimentarse a los perros que arrastraban los trineos o el viaje que emprendió hasta Georgia del Sur junto a otros seis tripulantes en busca de ayuda, mientras el resto de la tripulación permanecía en el campamento. Dos años después de su partida los veintiocho tripulantes del Endurance, sin perder ninguna vida, regresaban a sus casas. Cuando se acariciaba el desastre, Shackleton mudó un fracaso en hazaña y cambió la historia para siempre.
El Atleti cayó en la fase de grupos de la Champions League. Poco después era eliminado por el Sevilla de la Copa del Rey, mientras en la Liga la distancia con el Barça se antojaba ya inalcanzable. Lamentos, críticas y legiones de forenses afilando sus escalpelos para practicar la autopsia a la etapa Simeone. Se hablaba de discursos acabados y de jugadores en decadencia, en un equipo que no se había podido reforzar en verano por la sanción del TAS. Días tan grises y tristes que deprimirían a un británico. Pero los líderes nacen para estos momentos complicados. Cuando la lógica, la sensatez o un juez han dictado sentencia, entrenadores como Simeone hacen caso omiso y refuerzan su fe en el grupo. Mantienen la confianza en los suyos y ejercen su liderazgo para conducir al equipo y esquivar el fracaso cuando otros ya daban la temporada por desahuciada. Desoyendo las críticas para pelear cada partido de liga como si el Barcelona no estuviera invicto y en números de campeón intratable.
Unos meses después, el Cholo ha vuelto a lograrlo. Ha variado lo que parecía el rumbo al desastre, logrando que el equipo compita en la Liga hasta el final y que la afición mire con interés al escote de la Europa League. Hemos pasado de recelar de esta competición, como unos jóvenes en un bar a las diez de la noche, a mirarla con los ojos del universitario a las cinco de la mañana con el bolsillo lleno de preservativos que se muere de ganas por reservar una cama en las vitrinas del Metropolitano. Cuantas veces no habremos vivido eso.
             Porque seamos claros, por las aguas del Manzanares han encallado más barcos que en el Atlántico. Aunque no tan gélidas como las del polo sur, sus aguas han sido lo bastante traicioneras como para ahogar los proyectos más sólidos. Tan frías como la estadística: dieciséis presencias en semifinales europeas en ciento quince años de historia. Y de ellas, por cierto, cinco con Simeone. El dato demuestra que el argentino ha sabido conducir el barco como nadie antes. Por eso merece que confiemos en él aunque nos pida que nos comamos nuestros perros o quememos nuestras naves para calentarnos. Se ha ganado que confiemos en él incluso cuando está equivocado. De hecho se ha ganado que, si está equivocado, confiemos en él más todavía.

  Pike Bishop

(texto publicado originalmente en Diarios de Fútbol el 3 de mayo de 2018 http://www.diariosdefutbol.com/2018/05/03/shackleton-y-el-liderazgo/)

jueves, septiembre 17, 2015

Policías y profesionales




- Chico, la decisión es tuya. Tienes dos opciones: la primera es tenerme cada noche aquí, haciendo preguntas, molestando a clientes y arrestando a cualquiera sin motivo. Eres consciente de ello, ¡tú mejor que nadie sabes que en este bar es sospechosa hasta la forma de tocar el piano de Larry! Y la segunda, muchacho, es pagarme y yo me ocuparé de que nadie te moleste.
Dave Mannilow, propietario del Korova, escuchó esa frase unos meses atrás saliendo de Lester Coleman, sargento de policía de Chicago. Y aceptó.
Cada semana Lester pasó por el local a recaudar lo pactado por su protección. Dave, desconfiado por naturaleza, nunca lo vio claro. El club estaba tranquilo y no había problemas, pero le incomodaba tener en nómina un poli corrupto. "Pike” - me decía - “las cosas tienen un orden natural. Es como si una de las chicas del club montara una clínica de tratamiento de enfermedades venéreas”.  Con el tiempo, Lester delegó la recaudación en dos hombres de su confianza en la comisaría: Zack Cassidy, un irlandés gordinflón, y Hank Nueces Collimore, conocido por llevar siempre los bolsillos de estos frutos secos que no cesaba de comer. Pero a ellos no les bastaba con cobrar y les gustaba pasar un rato disfrutando del local. Al poco, el par de cientos se convirtió en quinientos dólares semanales y, además de las chicas, aquellos polis daban buena cuenta del whisky del club.
Para cuando Dave reaccionó aquellos tipos se habían instalado en su local, ocupando a las chicas y saqueando su bodega. La gota que colmó el vaso fue la noche que Rose Seeborn volvió al Korova con los ojos morados. Rose era una de las chicas mas populares del Korova, capaz de hacerte el amor en colores, pero para Zack Cassidy no fue suficiente y prefirió divertirse con ella a golpes.
Dave tuvo claro que estaba en problemas y debía tomar una decisión. Ni siquiera con sus raíces judías, por las que pedía presupuesto por escrito antes de acostarse con una prostituta, escatimó gastos: contrató a Mad Sam DeEstefano, un sicario profesional acostumbrado a golpear y esfumarse después por unos meses en Italia, esperando que escampara la polvareda. Vinculado a la banda de Frank Nitti, Mad Sam era un tipo de reputación impecable, un auténtico profesional, de los que podían dispararte en seis idiomas diferentes y con años de experiencia en el currículum. Después, la gente de Frank Nitti, se encargaba de repartir hábilmente algunos dólares para tapar su trabajo.

  Las muertes de los dos esbirros de Coleman pasaron inadvertidas. A Zack Cassidy le tirotearon en un callejón. A pesar del plomo que llevaba en la barriga el forense afirmó que barajaba la hipótesis de la obstrucción intestinal  como causa más probable de la muerte. La autopsia a Hank Nueces Collimore afirmaba que había muerto por una indigestión de nueces. El detalle de que se las hubiera tragado con cáscara lo dejaba pasar por alto. Algo más de revuelo despertó la muerte de Coleman que apareció en un burdel, desnudo, vestido únicamente con un billete de cien dólares y cerca de cincuenta tiros en el cuerpo. "Hallado el cadáver de un inspector de policía, se sospecha que pudo ser asesinado," llegó a arriesgar la breve noticia que apareció en la página dieciocho del Chicago Esquire.
  Aunque se trataba de un policía, los chanchullos de Lester Coleman eran conocidos entre sus compañeros, y ninguno puso ahínco en aclararlo. Con el periódico en la barra del Korova comenté el asunto con Dave. Él, sin dejar de secar las copas, me comentó con la rotundidad del que sabe de lo que habla: "Pike, amigo, llevo demasiado tiempo en este mundo como para estar cómodo en este asunto. Si una cosa me ha enseñado esta ciudad, es que cuando ha de hacer tratos con gente que está fuera de la ley, uno ha de asegurarse que, al menos, sean profesionales."

— Para dominar la naturaleza primero se debe aprender a obedecerla.
William of Baskerville (Sean Connery) · El nombre de la rosa

lunes, junio 15, 2015

Breve homenaje a José Luis Alvite


Aunque esperada, la noticia no fue menos devastadora. Incluso a un tipo como Dave Mannilow, el ladino dueño del Korova, con el cuentakilómetros en la reserva, le costó encajar el golpe: el viejo periodista José Luis Alvite ha muerto. Unos meses después, me dijo: Pike, los dos sabemos que soy incapaz de improvisar una historia sin un abogado de oficio delante. Por favor, escribe unas palabras para su homenaje. Y fui incapaz de negarme.

Durante muchos años José Luis – Joe – fue el cronista de las noches; fue quien retrató a todos los actores de la madrugada, plasmando con esmero a los protagonistas y aún mejor a los de reparto. Desde la barra del bar grababa palabras que publicadas a la mañana siguiente hacían que a sus lectores el café con leche les supiera a whisky y tabaco, y el beso de despedida de su esposa a burdel y pecado.

Joe ha sido un tipo duro. Sin vocación de trascender, sus columnas eran esperadas por lectores y por compañeros de profesión que no ocultaban su envidia por ese tipo que era capaz de incluir metáforas en la lista de la compra. Por las noches, hacía compañía a sus personajes, en la barra de su nuevo bar de toda la vida, mientras los cigarrillos y la ginebra hacían pensar a cualquiera que si le hicieran un chequeo lo único que encontrarían funcionando en su cuerpo sería el mechero.

A Alvite nunca le interesaron los ganadores, le parecían esos tipos molestos e imprescindibles creados sólo para que existieran los perdedores. En un mundo con boxeadores, pianistas, barmans y coristas era donde él se transportaba, hasta el punto de que era menos probable que la frase de su epitafio saliera de un escritor que de la puerta de un cuarto de baño. Cuenta la leyenda que hasta llevaba escrita en la mano una dirección falsa, para que cuando se emborrachara nadie cometiera la imprudencia de devolverle a su casa.

Alvite nos ha dejado. Conservaremos sus artículos, varios libros suyos en los que se esforzó por poner desinterés en que no se publicaran y un puñado de entrevistas en que cada respuesta parece brotar de un tipo cuyo talento podría desahuciar a la mitad de los columnistas de este país. A partir de ahora tendremos que convivir con la certeza de que su Savoy ha cerrado y que cuando cualquier otro nos hable de noches, de mujeres o borracheras, a su lado, serán siempre puro garrafón.


— Es una jactancia pensar que uno es un ser especial. ¿Crees que has inventado las borracheras? — No, pero podría patentar las mías. Sheriff John T. Chance (John Wayne) & Dude (Dean Martin) · Río Bravo